lunes, 4 de diciembre de 2017

Adiós, Paqui


Te fuiste sin despedirte. No es un reproche; sé que hubieses querido hacerlo, como sé que, en realidad, lo que hubieses querido es quedarte. Era mucha la vida que aún esperabas y merecías por delante, mucha la que todos esperábamos y merecíamos compartir contigo. Si juntamos nuestros cachitos de dolor, no hay extensión más grande que nuestra herida.

Te fuiste sin despedirte, querida Paqui; pero has de saber que somos muchos quienes pudimos ir a despedirte, a decirte un adiós gritado en silencio desde el andén de la vida, en dirección al tren de tu marcha sin retorno. No perdonamos a la muerte enamorada, no perdonamos a la vida desatenta, ni al fuego ni a la nada.

Y volverás a tu conserjería, a nuestras aulas y nuestros departamentos. Ya has empezado a hacerlo. Cada mañana entro en el mío y enchufo el portátil en la base múltiple a la que tú siempre llamabas regleta. ¿Te acuerdas, Paqui? Un día te dije: “Necesito que traigas al albañil para que me mueva un enchufe de la pared que queda semioculto tras una estantería. Cosa de poco, apenas unos centímetros”. “¿Cosa de poco?”, me contestaste. Y vi en tu rostro la luz que siempre me indicaba que tú ibas a tener razón y yo no. “Traer al albañil ya es cosa de mucho si con una regleta tienes resuelto el problema”. Y cada mañana, vuelves a mi departamento y yo enchufo mi portátil en tu regleta. Y luego encaro un día por delante para poder echarte de menos en cualquier rincón inesperado.

Paqui, tú sabías que eras de las pocas personas que, alguna vez, han leído renglones de carga lírica escritos por mí. Nunca sabré si estos que ahora escribo te hubiesen gustado suficientemente, a pesar de que siento que son, inequívocamente, más tuyos que míos.

Adiós, Paqui. Nos vemos en cualquier momento en cualquier rincón insospechado de nuestro instituto.


lunes, 9 de octubre de 2017

¡Póngase sereno y apunte bien; va a matar a un hombre!

El contorno de su rostro mirando el cortejo fúnebre de los caídos en el sabotaje del barco Le Coubre por parte de la CIA, un contorno obtenido a partir de una foto de Alberto Korda, es una de las imágenes más reproducidas del mundo. Cosas de la mitificación, pero también de la capacidad absorente del capitalismo.

Hoy, la prensa y las radios y las televisiones del país, como del mundo entero, irán dando cuenta, sumándose a ella, de la conmemoración de la muerte del Che. El 9 de octubre de 1967, el sargento Mario Terán no apuntó demasiado bien en su primera ráfaga contra el comandante revolucionario y solo consiguió ponerse sereno al disparar la segunda, ya con los ojos abiertos.

No escribo estas líneas para resumir por enésima vez lo que, en principio, es harto conocido o fácilmente conocible: la lucha por la panrrevolución socialista, el éxito —o no— del caso cubano y su camaradería —o no— con Fidel, la responsabilidad última de la CIA —o no— en la decisión de ejecutarlo. Félix Rodríguez estaba allí, sin duda; pero tras tantas disyuntivas de posibles noes, acaso lo conocible y lo conocido no sean tan fáciles.

Escribo porque he recordado que el cadáver del Che permaneció en exhibición pública durante los dos días siguientes al de su muerte y que las mujeres todas, legas y religiosas, advirtieron y proclamaron un evidente parecido con Jesucristo. Son muchas las fotografías que se tomaron entonces al caído y, a poco que veamos alguna, no podemos por menos que estar de acuerdo con la evidente similitud —de la cual, hay quien incluso ha creado icono con aspiración simbólica—.

Pues bien, ha sido al paso de este recuerdo que ha acudido a mi cabeza otra semejanza iconográfica, que paso a detallar.


A la izquierda, el famoso cuadro de Rembrandt, La lección de anatomía del doctor Tulp, obra que retrata a los miembros del gremio de cirujanos reunidos en una clase práctica de disección, costumbre habitual en aquellas fechas para demostrar la sabiduría de Dios al crear al hombre. Debajo de este párrafo, la famosa fotografía para evidenciar la muerte del Che que los militares colombianos encargaron a Freddy Alborta. La semejanza es evidente hasta en algunos detalles: el doctor Tulp con su sombrero, reflejo de su cargo, mostrando una parte del cadáver con su mano derecha tiene su equivalente en el oficial boliviano con sus medallas y galones —le faltan las pinzas, claro—; ni el doctor ni sus siete estudiantes miran al espectador, como ninguno de los ocho militares mira a la cámara. Ahora bien, con las expresiones de sorpresa, atención o entusiasmo, Rembrandt logra subrayar la naturalidad de la escena que pinta; en la fotografía, sin embargo, parece que no hay sino apatía e indolencia en los rostros. Paradójicamente, la única mirada que se dirige al objetivo es la del cadáver, y el espectador tiende así, de forma natural, a identificarse con él —un efecto, sin duda, contrario al que pretendieran los militares al encargar el testimonio gráfico—. Inevitablemente, entonces, uno piensa: «yo también prefiero morir de pie, a vivir arrodillado».


Muchas son las obras de indudable valor artístico que tienen como referencia a Ernesto Che Guevara. Quisiera no despedir este escrito sin mencionar siquiera un par de fragmentos de sendas canciones que a menudo me acompañan:

De Ismael Serrano:                                                            De Nicolás Guillén (cantado por Paco Ibáñez):

Papá cuéntame otra vez esa historia tan bonita                                     Él fue tu mejor amigo,
de aquel guerrillero loco que mataron en Bolivia,                                 soldadito boliviano,
y cuyo fusil ya nadie se atrevió a tomar de nuevo,                              él fue tu amigo de a pobre
y cómo desde aquel día todo parece más feo.                                      del Oriente al altiplano.

Y, ya puestos, he aquí otra analogía: la habida entre una de las escasas imágenes en color que existen del cadáver del Che y el famoso cuadro de Mantegna, El Cristo muerto:


ADENDAS: Me he decidido a rescatar, del deterioro que causan el abandono y el olvido, algunas entradas subidas en su día al antiguo blog de A contraluz. A menudo, los refritos habrán de sufrir modificaciones, bien para adecuarlos al presente, bien para recuperar enlaces truncados o imágenes perdidas. Tal es el caso de esta entrada.

Concluido el artículo en su día, supe que mi original analogía no era tal, sino poco menos que trillado asunto, en el que, por supuesto, tenía propósito de ahondar. El escritor inglés John Berger ya había comparado —y otros lo hicieron tras él— la fotografía de Alborta y el cuadro de Rembrandt. Incluso un argentino afincado en Nueva York, Leandro Katz, había realizado un documental sobre Freddy Alborta y su famosa fotografía, en el cual, según fuentes consultadas, se menciona la analogía. De momento, no he podido conseguir el documental.

jueves, 3 de agosto de 2017

La extraña no violencia

Si alguien saca su navaja en la calle y raja los neumáticos de nuestra bicicleta, tenderemos a pensar que es un gamberro (por tildarlo de alguna manera suave) y que su comportamiento es violento.

No sé cuántos de quienes leáis lo hasta aquí dicho estaréis en desacuerdo con ello; pero, seáis pocos o muchos, lo sepáis o no, sois simpatizantes de la CUP, por lo menos, a tenor de la legitimación que de las últimas acciones de la gamberrorganización Arran han llevado a cabo los cuperos.

En el párrafo inicial, no he trazado una analogía, sino que he expuesto los hechos en sí. Veamos sus dos verdades. 

En primer lugar, las bicicletas cuyas ruedas fueron rajadas son, efectivamente, nuestras. Al menos, yo tiendo a pensar en ellas como un servicio de transporte público como lo puedan ser el autobús o el metro.

En segundo lugar, la acción es decididamente violenta. Podemos discutir si lo es en mayor o menor grado, pero es violenta.¿Quién se pasea por la calle con una navaja en el bolsillo? ¿Alguien enseña a sus hijos a pinchar las ruedas de las bicis de los vecinos con los que no estemos de acuerdo para poder así presionarlos e intentar que adopten nuestro parecer? Actitud violenta; no creo que haya mucha discusión. Y ello, sin necesidad de entrar a valorar otras violentas soplapolleces como las perpetradas en el puerto de Palma o contra el autobús turístico en Barcelona. Hagámoslo, empero.

A los cuatro valientes planoencefalogramáticos de Arran y a sus desdramatizadores bromacolegas de la CUP, puede parecerles inocuo pintarrajar un autobús, acaso porque no ponderan suficientemente lo que puede pesar anímicamente el hecho en un niño, por ejemplo. O en un anciano o en unos padres a cargo de su bebé o a un enfermo del corazón... O, en definitiva, a una persona cualquiera que está al día de la precaria seguridad ciudadana simplemente porque es alguien que acostumbra a leer la prensa, escuchar la radio o ver los telenoticias. Me imagino a mí mismo a bordo de un autobús turístico visitando Viena o Berlín junto a mi mujer y mis tres hijos, cuando, de repente, cuatro encapuchados o cuatro enmascarados interrumpen a la fuerza la marcha del autobús y comienzan a escribir sobre la carrocería y sobre las lunas, en un idioma que desconozco, grandes letras de lo que parece (por el contexto extralingüistico) una consigna política, religiosa tal vez. Todo divertidísimo, qué duda cabe. Les habré agradecido eternamente que me hayan proporcionado una emocionante anécdota que contar en alguna que otra aburrida tertulia nocturna.

Seguro que hay mejores formas de mostrar desacuerdo. No me gustan quienes rajan y pintarrajan a la fuerza. No me gusta quienes fuerzan y violentan.

jueves, 5 de enero de 2017

La cabalgata vigitana


Ayer fui al cine a satisfacer mi desmesurada cinefilia galáctica viendo Rogue One, el paraepisodio de la saga Star Wars. Como cabía esperar, disfruté de la película. Y, hasta aquí, la crítica cinematográfica de esta entrada. Lo que me interesa destacar de la sesión de ayer es uno de esos tantísimos anuncios que, en la actualidad, preceden a la proyección de los grandes estrenos de la temporada; se trata del anuncio íntegro de Campofrío en su campaña navideña Hijos del entendimiento, en el cual se nos presenta a una serie de parejas sentimentales cuyos miembros antagónicos imponen en sus vidas la comprensión por encima de la intolerancia. Un podemita y una pepera; un antitaurino y una taurina; una creyente y un ateo...; un independentista catalán y una españolista convencida son los matrimonios que el espectador reconoce como reales y no ficticios. 

Es probable que, sin deteriorar su longeva relación, el indepe y la españolísima anden hoy polemizando controladamente sobre la cabalgata de Reyes que TV3 retransmitirá dentro de pocas horas desde Vich. De ser así —hay quienes dudarán de ello; al menos, aquellos que critican el anuncio de Campofrío arguyendo el oxímoron del "exceso de tolerancia"—, algo podríamos aprender de ellos, sin duda.

Si prestamos atención a la prensa o, sobre todo, a las redes sociales —a este respecto, resulta ilustrativo seguir en Twitter la etiqueta #ReyesSinEstelada— comprenderemos hasta qué punto la sinrazón invade el terreno propio de la razón, esto es, el diálogo; el debate; la polémica, incluso. No existe ya apenas el interés por convencer al otro; mucho menos por tratar de comprenderlo. El único interés radica en dar rienda suelta a la iracundia, a menudo sin ni siquiera anteponer los límites de la falta de respeto y la ofensa.

En esencia, quienes se sienten alarmados —cuán eufemística me ha quedado la adjetivación— por los farolillos de la próxima cabalgata en Vich suelen esgrimir como argumento lo infame que resulta la manipulación de la infancia con fines ideológicos. Y así pueden leerse aberraciones como la que escribe @Zooropina: «Mucho "Dret a decidir" pero les arrancan de cuajo a los niños el derecho a la infancia. Miserables sin escrúpulos». O lo que escribe @AngelBaena5: «Lo que está haciendo el separatismo catalán con los niños es exactamente lo mismo que hizo Hitler en la Alemania Nazi».

Claro que, a esta línea de ataque, se opone otra de defensa en consonancia con lo que viene siendo la tónica del debate político en nuestro país, es decir, el "y tú qué" o "y tú más". Es entonces cuando, tirando desacertadamente de ironía, vemos aulas llenas de niños con banderas españolas o vemos a la Leti rodeada asimismo de numerosos niños con banderas españolas. ¿Qué esperamos que lleven?, ¿las del Reino de Lesoto, tal vez?, ¿las del de Bután, acaso? Lo cierto es que este tipo de contraargumento podría resultar acertado si la intención de quien lo arguye es la de equiparar dos normalidades; sin embargo, mucho me temo que lo que subyace sea algo así como "pues para adoctrinamiento, el vuestro", lo cual, si mucho no me equivoco, es tanto como conceder al otro parte de razón en su crítica. Un hecho que sustenta mi temor es que, en ciertas fotografías, la bandera que muestran los pequeños es la preconstitucional —¿por qué seguiremos denominando así, de manera tan laxa, a la que claramente es fascista, dictatorial, antidemocrática...?—. Otras analogías con algo más de acierto, pero igualmente concesivas a mi entender, pasan por ofrecer imágenes que asocian a los niños con las armas en ciertos encuentros con el ejército. He visto incluso la referencia a una cabalgata de Reyes a cargo de la Legión.

No obstante, la más contundente de las comparaciones es la que me ha hecho llegar en un wasap uno de mis amigos de toda la vida a quienes tanto quiero. Se trata de una imagen en la que un niño acaba de recoger de una cabalgata de Reyes unos caramelos en cuyo envoltorio cerúleo se leen las enormes siglas del Partido Popular. Y me parece de mayor acierto que el resto, en primer lugar, porque la carga ideológica no es de identificación patriótica con una u otra bandera, sino de color político; y en segundo lugar, porque la "doctrina" viene de la organización, no de los asistentes.

Seamos sinceros, si uno es españolista o independentista, monárquico o republicano, merengue o culé..., la camiseta con que vista a su hijo, la gorra con que cubra su cabeza o la banderita que le ponga en la mano llevarán los colores correspondientes a la propia filiación. Y salvo que mediante presión se le niegue al hijo en algún momento de su vida el derecho a elegir, lo que estaremos haciendo no será manipularlo, sino educarlo.

Serenemos un poco el ánimo y pensemos cuál puede ser el motivo de la discordia, porque —sigamos siendo sinceros— lo de la cabalgata es la enésima y no última excusa que nos buscaremos para escupirnos a la cara los respectivos sentimientos nacionalistas. Yo creo que todo se resume en el hecho de que TV3 va a retransmitir la cabalgata. Hace ya casi un lustro que los vigitanos —quienes quieren; quienes no, no— guían a SS. MM. hasta sus casas con farolillos estelados. Pero, claro, la trascendencia de tal costumbre reciente es limitada; sin embargo, si la televisión pública catalana lo difunde al conjunto de la sociedad, el eco se multiplica enormemente. Acaso la discusión debería ser esta, la de si la decisión de la Corporació Catalana de Mitjans Audiovisuals es acertada; esto es, si es o no neutra, objetiva, considerando que el año de la emisión es este 2017 en que se ha fechado un posible inicio de desconexión estatal. Quizá por aquí, encontraremos la tibieza con la que un orador de lengua y pensamiento afilados como Rufián habla del asunto, llegando a conceder que ello le «chirría» y que él «no lo haría».

En fin, ideologías al margen, en última instancia, a mí, lo que no deja de sorprenderme es que, en todo este asunto de los Reyes Magos, el problema sea la estrella.