
El anciano esperaba en vano a su idolatrado nieto en la taberna de la esquina. Conversaba con los vecinos de siempre sobre los temas de siempre y bebía ya su tercer vino.
Mientras tanto, el joven no entendía dónde carajo se había metido su abuelo. Hacía ya más de una hora que la azulada luz de la pantalla de su portátil se reflejaba en su ensimismado rostro. Y, a cada instante que transcurría, le parecía más extraño que aquel viejo, a quien tanto quería, hubiese insistido en quedar con él para chatear.
Mientras tanto, el joven no entendía dónde carajo se había metido su abuelo. Hacía ya más de una hora que la azulada luz de la pantalla de su portátil se reflejaba en su ensimismado rostro. Y, a cada instante que transcurría, le parecía más extraño que aquel viejo, a quien tanto quería, hubiese insistido en quedar con él para chatear.