domingo, 3 de noviembre de 2024

Tirar de la manta


Casi parece una vida distinta, aquella en la que a uno le obligaban a perder un año y pico entero de su aún joven vida para aprender a evitar el retroceso del casquillo de un máuser, reptar por agrestes terrenos fusil en mano o, sobre todo, escaquearse de absurdas obligaciones en las que lo único que había en juego era la estricta jerarquía del mando militar. Así que, aunque acaso hoy no seamos ya mayoría, todo aquel que no haya podido (o querido, que también pudiera ser) evitar su paso por el ejército español recordará el toque de diana con que inexorablemente era despertado por el corneta de guardia durante la vida cuartelera de la mili. La letra con que tradicionalmente ha ido perdurando intergeneracionalmente es aquella que dice: «Quinto levanta, tira de la manta; quinto levanta, tira del mantón...».

Pero esto nada tiene que ver con el origen de la locución verbal de uso coloquial tirar de la manta, definida en el DLE como 'Descubrir un caso escandaloso que otro u otros tenían interés en mantener secreto'. Lógico, pues el hecho de que el quinto (recordemos a las nuevas generaciones que quinto era el mozo sorteado para incorporarse al servicio militar) tire de la manta nada tiene que ver con destapar un escándalo, sino con levantarse de la yacija a tiempo para el pase de revista matutino.  Ahora bien, tampoco parece cierto que la locución tenga nada que ver con ciertos lienzos, llamados mantas, que colgaban tiempo ha en iglesias y catedrales del reino de Navarra y, sin embargo, desde que se mencionasen en la Historia de la Legislación de Marichalar y Manrique (1868), se les ha ido dando pábulo como si fuesen el origen acreditado de la expresión.

Ciertamente, hay indicios de que durante los siglos XVI y XVII en algunos lugares de Navarra fueron expuestos públicamente unos enormes lienzos en los que aparecían escritos los nombres y apellidos de las familias que descendían de judíos conversos, aunque el único caso atestiguado suficientemente es el de la catedral de Tudela.

Tras el edicto de expulsión por parte de los Reyes Católicos en 1492, muchos judíos emigraron al todavía independiente reino de Navarra. Sin embargo, debido a las presiones ejercidas por los reinos de Castilla y Aragón, la protección otorgada por los monarcas navarros solo duró hasta 1498. A partir de entonces, quienes optaron por permanecer en la que hasta entonces había sido su tierra hubieron de mudar de religión, de tradiciones, de costumbres e, incluso, de apellidos para pasar a ser cristianos nuevos.

Según este contexto, tirar de la manta habría significado 'investigar posibles falsas conversiones', sentido que, pretendidamente, habría evolucionado hasta hacer alusión a destapar algún asunto sucio o vergonzoso que podría resultar comprometedor para alguien. No obstante, ello parece poco probable. Para empezar, en la referida obra de Marichalar y Manrique, solo se alude a las mantas en las que estaban escritos los nombres de los conversos, pero nada se dice acerca de su posible relación como fuente de la locución verbal. Por otro lado, si bien es cierto que no siempre existe documentación escrita que permita rastrear el origen exacto de una expresión, el hecho de que la primera aparición que consta en el Diccionario histórico de la lengua española sea en las Cartas del filósofo rancio, obra de Francisco Alvarado publicada en 1811, abre un lapso de tiempo enorme entre la constatación escrita de la locución verbal y la existencia de la manta con los nombres de los conversos tudelanos, expuesta en la capilla del Cristo de la nave central catedralicia entre 1610 y 1738. No resulta muy congruente que la locución tirar de la manta haya aparecido en el castellano escrito casi un siglo después de que el referente que pretendidamente la origina hubiese dejado de existir (nada se sabe acerca de la suerte que corrió el lienzo inquisitorial; el que hoy se muestra en el museo de la catedral de Tudela es una réplica).

Alguna otra teoría existe respecto al origen de la expresión (como la que aboga por que tirar de la manta se refiere a tirar de un cabo suelto para acabar deshaciéndola); pero, cuando uno se enfrenta a múltiples explicaciones para un mismo problema, la más simple, es decir, la que involucra el menor número de suposiciones o entidades adicionales, suele ser la más probable. De modo que, afeitando con la navaja de Ockham, me quedo con que tirar de la manta se refiere a la que sirve de abrigo en la cama, porque, en definitiva, en cualquier lugar y circunstancia su principal uso es tapar y tirar de ella implica conocer a quien o lo que bajo ella queda escondido. 

jueves, 5 de septiembre de 2024

Decíamos ayer...

Todos nos sabemos tres o cuatro chascarrillos interesantes, curiosidades que nuestro entendimiento nos ha ido procurando desde el ámbito de las ciencias o de las humanidades. Y con ellos gustamos de deslumbrar a nuestros contertulios, amenizando ingeniosamente cualquier conversación que nos brinde la oportunidad. Fue Albert Einstein quien dijo que «todos somos muy ignorantes; lo que ocurre es que no todos ignoramos las mismas cosas». No es, pues (si la ocasión está brindada), la pedantería la que nos mueve a estos lances, sino satisfacer el deseo de compartir conocimiento.

Digo esto porque más de uno me habrá oído alguna vez dar esta explicación acerca de fray Luis de León, que, junto con otras imprecisiones históricas, hace ya casi tres lustros aprendí de un librito de Pedro Voltes.

Verbigracia, en cierta ocasión, un colega de Departamento me dijo que, al iniciarse un nuevo curso académico, acostumbraba a comenzar sus clases de bachillerato con el espíritu renacentista y salmantino que da el traer a colación la celebérrima expresión decíamos ayer. Le dije que me parecía estupendo, claro, pues cualquier ocasión ha de ser buena para que un alumno acreciente su acervo de culturilla general; después de todo, nunca se sabe, un buen día pueden presentarse a uno de tantos concursos que pululan por las rejillas de la programación televisiva, infestándola, y la diferencia entre continuar o ser eliminado puede estar en una anécdota sobre fray Luis. Con todo, advertí a mi buen colega de que, en la buena voluntad de su cita, no se encontraban ni el rigor histórico de la misma ni el espíritu tergiversado con que la tradición la ha hecho llegar hasta nosotros.

Dicebamus hesterna die son las palabras que la tradición histórica pone en boca de fray Luis, al retomar este sus clases en la universidad salmantina, tras cuatro años de encarcelamiento por un proceso inquisitorial en el que se le acusaba de prestar más atención al texto hebreo de la Biblia que a la Vulgata (¡qué descarrío ovino, Señor, el de aquellos humanistas!) Hay, pues, en la intención de este decíamos ayer una acre ironía que declara el triunfo interior del catedrático y vehicula con elegancia el desprecio hacia quienes lo calumniaron, lo persiguieron y lo procesaron. Así, citar de tal modo a fray Luis implica estar retomando quehaceres o menesteres largamente interrumpidos, pero despreciando, más que el tiempo transcurrido, las razones de la interrupción.

Las merecidas vacaciones de los alumnos, sin duda, no merecen desdeño por parte del profesor; antes bien, aprecio por parte de quien, a fin de cuentas, las comparte mutatis mutandis. A esto me refería al aludir a la tergiversación de espíritu.

Por otro lado, cabe saber que, seguramente, la expresión de fray Luis no fue dicebamus hesterna die, sino dicebamus externa die, por lo que debería traducirse como 'decíamos tiempo atrás'. Demasiadas veces, la realidad es más prosaica de lo que pretendemos, de ahí que a menudo la modifiquemos. No es que el docto sabio salmantino no estuviese dotado del ingenio necesario para el irónico decíamos ayer; pero su genio era más sosegado que su ingenio, más suave y tierno y, sobre todo, los tiempos que corrían y el entorno en que se hallaba no invitaban a provocaciones, como demuestra el hecho de que en 1582, diez años después de iniciarse el primer proceso contra él, fuese nuevamente procesado por la Inquisición. Sin duda, en 1576, hubo en la célebre frase más bien una dosis de prudente cautela que de silente desdén.