jueves, 23 de mayo de 2013

Autoestima

Dibujo incluido en el cartel publicitario de la
IV Carrera popular de las tres culturas (Ávila)
El otro día, en una de las clases sobre teatro barroco que impartía a mis alumnos, el discurso se me fue yendo de la honra al honor y de ahí al orgullo. Y con ello, de la explicación docente, pasamos a lo que casi podríamos definir como tertulia.

Empezamos poniendo de manifiesto el hecho de que la honra, en términos de la España lopesca o calderoniana, nos queda ya muy lejana. Por un lado, conceptos como el de la limpieza de sangre o el de la castellanía vieja están obsoletos, pese a que en nuestra sociedad sigan vigentes, mutatis mutandis, el racismo y la discriminación cultural. Por otro lado, tras la liberación de la mujer y el relajo general de la contemporaneidad en nuestros comportamientos sexuales, las mancillas no son pan nuestro de cada día y la honra sin tacha preocupa poco o nada, en cualquier caso, mucho menos.

Como quiera que lo que puede suceder simplemente sea que, a la palabra honra, acaso el tiempo la haya barnizado con su indefinible pátina, conviene acudir al diccionario, donde la honra se define como 'estima y respeto de la dignidad propia'. El honor, en cambio, supone una cualidad moral que mucho tiene que ver con el cumplimiento de los deberes que uno mismo se impone. Es decir, la honra viaja con nosotros; el honor lo trabajamos. De ahí que tengamos, a mucha honra, demostrar ser dignos de algo haciendo honor a ello o que manifestemos aprecio o mostremos atención haciendo los honores. Damos nuestra palabra de honor, firmamos en el libro de honor, nos licenciamos con matrícula de honor, nos casamos acompañados de damas de honor y recibimos salvas de la guardia de honor —afortunadamente, ya no nos batimos en el campo de honor—.

En fin, al final de la clase, la conclusión de tanta disertación fuimos a encontrarla sobre la base de que todo en esta vida es cuestión de grados, de que nada es blanco o negro, sino perla o marengo. Porque ¿cuál es la diferencia significativa que nos permite distinguir el valor positivo de la autoestima —evítese decir siempre propia autoestima, por ser viciada expresión redundante— del valor negativo del orgullo, próximo al pecado de la vanidad y definido como exceso de estimación propia? Vuelvo: cuestión de grados. El límite inicial del exceso es el que marca la inflexión. Sin autoestima no somos sino peleles y pasto de depresiones. Con demasiada, nos endiosamos. Y el ser humano es un complejo taxón entre los muñecos de trapo y los dioses.

sábado, 18 de mayo de 2013

Rajoy, que estás en los cielos

En 1981, Pilar Miró nos mostró a una Mercedes Sampietro convertida en Andrea Soriano y a un Gary Cooper que estaba en los cielos. Estos días, la Interparlamentaria Popular nos ha mostrado, desde el parador nacional de Salamanca, a un Rajoy y unos acólitos correligionarios que están, asimismo, en los cielos. La diferencia, no obstante, estriba en que el cielo de Gary Cooper era directamente deudor de una profunda admiración humana; el de Rajoy y los suyos nos viene impuesto desde arriba.

En la Interparlamentaria, no solo las nubes son de cartón piedra; las personas que allí se han dado cita lo son también —y me quedo corto, pues el DRAE nos dice que, de cartón piedra, son las personas insensibles, aquellas que no sienten lo que causa dolor; pero los peperos, además, son causantes, son quienes nos lo infligen—.

Por otro lado, quienes, como yo, vivimos en un pueblo costero sabemos reconocer enseguida un cielo azul así, de blancos algodones: es el cielo surcado por el vuelo de la gaviota, el cielo desde el que el ave marina grazna y defeca, llenando de mierda las casas de las gentes humildes.

sábado, 11 de mayo de 2013

A la fuerza...

Ya lo dice la sabiduría popular:
A LA FUERZA, NO ES CARIÑO.

lunes, 6 de mayo de 2013

Federalismo bicéfalo

He de reconocer que me siento un privilegiado al poder sentirme representado por la voz política de un político; en mi caso, Joan Herrera. Son estos que corren tiempos de falsedad política en los que difícilmente uno puede sentirse representado por voz ninguna. No obstante, voy a poner un par de peros, ciertamente menores, a lo que el coordinador nacional de ICV dijo no hace mucho en Els Matins de TV3.

Preguntado por la bicefalia Camats-Herrera, recién proclamada en el partido, al bueno de Joan, no se le ocurrió otra cosa que negarla. Entiendo que lo hiciese con el fin de vendernos la idea del dos, que, inevitablemente, se desprende del concepto de bicefalia: dos es, en esencia, un número más democrático que uno; dos piensan más que uno; dos suman y no restan... Lo que no debiese hacer Herrera —y voy, con ello, al primer pero— es dar a entender que la bicefalia es una disyuntiva dada entre opuestos. Bicéfalo es un adjetivo que no posee connotación peyorativa. De forma neutra, su único significado es el que hace referencia, muy a menudo en sentido figurado, a lo «que tiene dos cabezas». Dicho esto, es posible que el diputado de ICV no pretendiese en absoluto tergiversar la realidad y que, simplemente por desconocimiento, la bicefalia posea, en su idiolecto, un uso restringido de carácter peyorativo. Este tipo de errores es harto frecuente en los hablantes, quienes acabamos reduciendo los contextos posibles para una palabra a solo aquellos propios en nuestro uso lingüístico. Sin ir más lejos, no hace mucho una colega filóloga hubo de ponerme sobre aviso de que, cuando yo hablaba de grupúsculos, lo hacía, como la mayoría de hablantes, en la creencia inconsciente de que la voz poseía un matiz de sentido despectivo, cuando, en realidad, la limitación a su significado de «grupo poco numeroso de personas» es solamente el de la necesidad de intervención activa «frente a otro u otros grupos mucho mayores». En definitiva, volviendo al hilo de lo iniciado, ICV es un partido de coordinación bicéfala. Y es de desear que dos coordinen mejor que uno.

El segundo pero tiene que ver con este enjundioso retruécano que Herrera espetó durante la mencionada entrevista: «El federalismo es el derecho a la diferencia sin diferencia de derechos». El pero no se debe al retruécano en sí, que es de chapó y, como dijo aquel ínclito torero en dos palabras, im presionante —de hecho, incluso lo he recabado para el web de figuras retóricas que andamos confeccionando este curso en 1.º de bachillerato—. Sucede, sin embargo, que la expresión no es suya; ya la habíamos oído en boca de Ferran Pedret —aunque desconozco si es él quien la acuñó— . Herrera obvió citar la fuente, lo cual es criticable, aunque se entiende fácilmente al recordar que Pedret es diputado del PSC en el Parlament de Catalunya. Yo no soy como el rey francés aquel al cual disgustaba sobremanera la presencia de retruécanos en los torneos de ingenio palaciegos. A mí, me complacen los que, como este, están tan bien traídos. Pero, claro, que ICV tire del argumentario federalista del PSC ya no me parece tan bien, pues el convencimiento federal de los sociatas se lo acaban de encontrar debajo de la alfombra histórica de su ideario como quien encuentra la suciedad bajo la alfombra, largamente olvidada allí.

miércoles, 1 de mayo de 2013

Pesimismo, optimismo, estoicismo

La vida es tristeza. Pero, a veces, estamos tan contentos que no logramos darnos cuenta de ello.

Claro que también pudiera suceder que la vida no fuese sino alegría y que, a menudo, estemos tan tristes que no seamos capaces de apercibirlo.

En definitiva, la vida es lo que es, a pesar de nosotros.

Todo lo cual, una vez enunciada la tautología, me recuerda el viejo dilema del vaso de agua medio vacío o medio lleno. Un dilema que, por otro lado, no es simple disyuntiva, pues, entre el enfoque pesimista y el optimista  asoman otros posibles. Sin ir más lejos, cierto filosófico ornitorrinco me enseñó hace ya algún tiempo el enfoque que podríamos denominar positivista o científico, desde el cual se comprende que el vaso posee el doble de la capacidad estrictamente necesaria. Y, por supuesto, cabe también la postura casi estoica —no sé si más resignada que conciliadora— de quien piensa que un vaso medio vacío es también un vaso medio lleno. Al margen, dejo a aquellos puristas para quienes la cuestión no es ni siquiera tal, pues, en última instancia, el vaso está lleno al ciento por ciento: mitad de agua, mitad de aire.



martes, 23 de abril de 2013

Día de libro y rosas

Que hoy celebremos el día del libro y el día de la rosa tiene, como todo en esta vida, una explicación. O, para ser más exactos, dos.

La primera atañe a la rosa y nos habla de un legendario sant Jordi, una legendaria princesa y un no menos legendario pero malogrado dragón, de cuya sangre derramada al morir brotó un rosal. La princesa y el caballero no vivieron felices ni comieron perdices, de hecho ni siquiera estaban enamorados; pero, como quiera que antes de volver grupas sant Jordi obsequiase a la regia doncella con la rosa que más refulgía bajo el sol su bermellona hermosura, hoy, día de este santo patrón, los catalanes acostumbramos a regalar una rosa a la mujer que amamos.

La segunda explicación atañe al libro y, aunque no legendaria sino real, contiene algún engaño. El Día Internacional del Libro debe su fecha conmemorativa a la casualidad de que quienes han llegado a ser los escritores más universales, Miguel de Cervantes y William Shakespeare, falleciesen un 23 de abril de 1616 —casualmente, el dramaturgo inglés parece haber nacido también un 23 de abril, cincuenta y dos años antes—. Sin embargo, cabe saber que tal fecha señala días en realidad distintos. Efectivamente, en aquel año de 1616 regían en España e Inglaterra calendarios distintos. Mientras que aquí se había adoptado en 1582 el calendario gregoriano, acullá continuó en vigor el juliano hasta 1756. Si consideramos que el desfase temporal que el nuevo calendario intentaba enmendar era de diez días, ha de concluirse que el autor de Hamlet falleció, según fecha gregoriana, el 3 de mayo. Pero poco importa esto; después de todo, en rigor, Cervantes tampoco murió aquel 23 de abril de 1616, sino que tal fue el día de su entierro; en realidad, había fallecido el día anterior. Y no hablemos ya de la hipótesis cada vez más ampliamente aceptada acerca de que William Shakespeare no fue más que un simple hombre de paja a quien no debemos ni una sola página de magistral dramaturgia.

En fin, razones imperfectas para un día perfecto.

Us desitjo a tots una feliç diada.
Adenda: Como suelen decir los italianos, se non è vero, è ben trovato; pero, por si alguien necesita apoyar la celebración en efemérides más precisas, el Inca Garcilaso de la Vega murió ese mismo 23 de abril de 1616. Y, solo durante el siglo XX y dentro del ámbito de las letras hispánicas, fallecieron también un 23 de abril Eugenio Noel, Edgar Neville, Alejo Carpentier y Josep Pla


Nota: Entrada publicada originalmente en en algún que otro 23 de abril, a contraluz. O sea, mutatis mutandis, un refrito.

lunes, 22 de abril de 2013

De Pepes o La putada del imputado

Jesús, trabajando como un pepe.
Pese a lo que el ministro Gallardón pueda pensar, la putada del imputado no es otra que serlo y, por serlo, ser noticia. La palabra con que la actualidad lo nombre no tiene culpa ninguna.

Cierto, la fonética de la voz imputado puede inducirnos a error respecto de su prístino origen y de cuál es la familia léxica a la que pertenece. Dejemos claro, pues, desde ya, que imputado nada tiene que ver con puta, palabra que procede del latín putta 'muchacha'. En cambio, el étimo latino en que se origina el verbo imputar, del cual imputado es forma no personal de participio, resulta ser putare, cuyo significado primordial es 'pensar', aunque posee otras acepciones como 'contar' o 'podar'. Y en cuanto a la familia léxica se refiere, no hay disputa alguna respecto a que sea familia de buena reputación.

Por otro lado, el hecho de que el término imputado no pueda calificarse de cacofónico u horrísono sin que, necesariamente, se lo relacione con el mundo del sexo mediante pago, nos obligará a ser blasfemos en cuanto, dentro de la familia léxica, demos con el adjetivo putativo. Recuérdese que putativo, por excelencia, es san José, puesto que, no siendo padre de Jesucristo, es reconocido como tal. La Iglesia se ha encargado bien de ello durante siglos y, en los devocionarios y misales de la liturgia latina, los feligreses de todas las parroquias no podían leer una sola referencia a «Sanctus Iosephus» sin que figurase al lado, a modo de ineludible epíteto, la expresión «Pater Putativus Christi». Por cierto —ya que aquí hemos llegado—, dada la frecuencia con que aparecía la expresión, lo corriente era encontrarla abreviada en «P. P. Christi» y, de este hecho, surge la explicación de que los Josés se llamen Pepes. No obstante, se trata de un argumento espurio, pues el origen del hipocorístico Pepe es mucho más prosaico: se trata, sencillamente, de una forma reducida de Jusepe —versión antigua de José—, tal como sucede con el catalán Pep respecto de Josep o con el italiano Beppe respecto de Giuseppe.

En fin, yo extraigo de todo esto un par de conclusiones. La primera es que menos mal que las siglas  y las abreviaturas difieren, aunque solo sea en un punto —literalmente, colocado junto a cada letra formante—; si no, aún tendríamos que oír que san José era pepero. La segunda conclusión es que, si imputado, según el DRAE, se aplica en derecho a la persona «contra quien se dirige un proceso penal», y encausado, a la «persona sometida a un procedimiento penal», el matiz distintivo no existe, por lo que vuelvo al principio: la putada del imputado no es otra que serlo. 

sábado, 20 de abril de 2013

La letrina eufemística


El ministro de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón, defiende la idea de que la palabra imputado conlleva un «prejuicio de condena mediática» y ha anunciado que este próximo lunes se darán a conocer las propuestas en las que, para evitar esta situación, ha estado trabajando una comisión de expertos encargada por el Gobierno. «Hay muchos modelos, desde la figura de encausado hasta la de testigo asistido», ha avanzado el ministro.

No sé en qué consistirá el grueso de la pretendida reforma judicial, pero me da que, en lo que a la semántica atañe, Gallardón trata únicamente de maquillar la realidad política a golpe dictatorial de eufemismo, por una razón evidente: la honradez política —menudo oxímoron— se halla bajo mínimos; y ello, justo ahora que el PP está en el poder. ¡Vaya, por Dios! Gallardón no trata de proteger lingüísticamente a los imputados, sino a sus imputados, los peperos —y, de paso, quizás también a los de la Casa Real—. Es, pues, un nada gallardo galardón de Gallardón para posibles mangantes azules, ya sea por razón de sangre o de color ideológico. Por suerte, la gente no es imbécil —aunque, en su fuero interno, él piense seguramente que sí—; y adivina que, enseguida, la connotación peyorativa pasará del imputado al encausado o al testigo asistido, como quiera que finalmente pase a denominársele. Es un proceso semántico no sólo lógico sino inexorable, si se piensa que la carga negativa pertenece a la realidad, desde donde, eso sí, se contamina la voz con que nos referimos a ella.

Pensemos, por ejemplo, en las pretéritas gentes latinas que, apretadas de la perentoria necesidad de evacuar el vientre, dirigían sus diligentes pasos a descansar sus romanas nalgas en los orificios de una latrīna, en muchos casos, pública y comunal. Desconozco si las gentes del imperio tenían otra forma de llamar a estos lugares propicios a la evacuación intestinal, como acaso los llame Gallardón. Es posible, incluso, que la voz latrīna no llegase a sentirse como vergonzoso tabú, dado que el sistema de canalización e higiene usado por los romanos era tal que cabía la posibilidad de sentir todo el orgullo de la civilización al sentarse a cagar.

En el siglo xv, sin embargo, el agua corriente ya no corría y las letrinas eran, simplemente, insanos y hediondos pozos ciegos. Imagino al castellano de entonces habiéndose de disculpar frecuentemente durante cualquier conversación diciendo: «Perdón. He de ir un momento a la letrina. Vuelvo enseguida». Al sentarse uno sobre semejantes fuentes de infección, el orgullo de la civilización daría paso inevitablemente a la vergüenza de la inmundicia y, al cabo, ya casi nadie se excusaría ante nadie aduciendo la necesidad de ausentarse un momento para ir a las letrinas; no, al menos, haciendo uso de esa palabra. Efectivamente, letrina, pese a ser la misma que aquella otra latrīna y pese a haber nacido, por tanto, del latín lavātrīna —que alude literalmente al acto de lavarse—, debido a la maloliente fealdad de la realidad referida, no tardó en dejar de ser eufemismo. Se trata, como indicaba más arriba, de un proceso lingüístico nada extraño. Es la obligada alternancia entre  eludir y aludir: para referirnos a una realidad, eludimos un tabú aludiéndola con un eufemismo, un eufemismo que, por íntimo contacto semiótico con el referente, acabará desgastándose y sintiéndose como un tabú, el cual se hará necesario eludir aludiendo con un nuevo eufemismo, etc.

Fue así como el idioma inició su peregrinaje terminológico a través de las distintas voces con las que se ha ido aludiendo a lo que hoy, de vuelta a los orígenes de la lavātrīna, llamamos consuetudinariamente  lavabo. En el camino, usuales aún, pero claramente desgastadas han ido quedando palabras que advinieron como eufemismos pero que ya no lo son.

Retrete, por ejemplo, es voz prestada por el catalán al castellano que originariamente significaba 'retirado' o 'retraído'. Ciertamente, el habitáculo donde llevar a cabo nuestras mingitorias o fecales necesidades es lugar  en que retraerse, en que aislarse de los demás, una vez olvidado, como decía antes, aquel orgullo romano por su ingeniosa ingeniería comunal. En contra, recuperadas las aguas con el moderno sistema W. C. —de donde extrajimos nuestra voz váter, ya gastada del todo también como eufemismo—, el sentido de 'retirado' no deja de ser pertinente, pues el habitáculo ya no se halla alejado, fuera de las cuatro paredes de nuestras casas, sino que lo hemos incorporado a ellas como una estancia más —o dos o tres..., dependiendo de los posibles y del ánimo de ostentación de cada cual—.

Otro ejemplo, semejante al de retrete, lo tenemos en la palabra escusado —que no excusado, pues no proviene de excusa, sino de escusa 'escondida'—. Es de suponer que el sentido eufemístico con que se incorporó al idioma lo toma precisamente del hecho de que nos retraemos de los demás, de que nos escondemos de ellos. Pero, por mucho que nos escondamos, la escatológica esencia de los hechos y del lugar de los hechos acaba siempre por imponerse y deslucir cualquier intento de asepsia eufemística. Dicho, en plata: estamos hablando, literalmente, de un tema y un lugar de mierda.

¡Vaya!, he empezado hablando del ministro de Justicia y de la corrupción política y he acabado hablando mucho de..., en fin, de materia excrementicia. ¿Alguien más ve en ello dos temas consecutivos no solo temporal sino también lógicamente?

martes, 16 de abril de 2013

domingo, 14 de abril de 2013

Res publĭca

La madrugada del martes 14 de abril de 1931, a las 6.30 h, el ayuntamiento de Éibar alzó la bandera tricolor.

Ochenta y dos años han ido sucediéndose lentamente, uno tras otro, desde entonces. Algunos demasiado lentamente: tres fueron de cruenta guerra y cuarenta, de dictadura represiva y privación de libertades. Los más recientes dejan caer sus días sobre nosotros como torturadoras gotas chinas —malayas, dirían muchos, erróneamente— de crisis económica y corrupción política —¿o es lo mismo?—. En fin, lo que nunca dejará de sorprenderme es que ochenta y dos años después, siga habiendo un Borbón con corona ceñida a su regio cráneo. Ello ha hecho bueno el cínico apotegma lampedusiano de "Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie".

Uno de los principales motivos por los que advino la II República Española fue la deslegitimación de la monarquía borbónica, al haber permitido Alfonso XIII los siete años de la dictadura de Primo de Rivera. La coronación de Juan Carlos I cierra el círculo al haber sido permitido él por el dictador Francisco Franco. Hay quien objetará que este rey salió de las urnas; pero, en 1978, España transitó de la dictadura a la democracia con un 88,54 % de papeletas como la siguiente:
¿Realmente estaban eligiendo los ciudadanos una monarquía frente a una república? No. Su voto apostaba más bien por una anhelada democracia frente a una dictadura odiada. Sucede que, al hacerlo, en el paquete venía incluido el art.º 1.3: "La forma política del Estado español es la Monarquía parlamentaria".

Por otro lado, yo no estaba allí —al menos, no con la edad suficiente para votar—, por lo que yo no elegí rey. Quisiera, pues, poder renunciar a él. Y ahí es donde radica el problema: a un monarca no se le refrenda cada equis tiempo; hay que aguantarlo hasta que le dé la real gana, momento en que abdicará en favor de su hijo, al que, a su vez, habremos de aguantar hasta que... ¡Manda uebos! Se nos llena la boca cuando decimos que somos demócratas, tendemos a votarlo absolutamente todo, entre amigos, en el trabajo..., y aun en familia para decidir la cena del sábado: ¿Pizza o hamburguesa? Que levanten la mano los que... Y, en cambio, no podemos decidir si queremos que el mandamás del Estado lleve corona o simple sombrero —si se tercia llevarlo—.

El vicesecretario general del PP, Javier Arenas, ha declarado hoy que “Es de miserables no ver el papel clave de la monarquía”. Si lo dice, por el papel integrador durante la Transición..., ¡psé! Si lo dice por el papel antigolpista en el 82..., hay quienes ni siquiera lo ven claro. De todas formas, aunque concediésemos sendos síes aquiescentes a ambos papeles, de ahí a hablar de una "hoja de servicios impecable" del rey...  ¡Si palacio es una olla de grillos! Veamos: nietos menores manejando ilegalmente armas, yernos exdeportistas manejando corruptamente dineros públicos, infantas pretendidamente pusilánimes desconociendo enriquecimientos ilícitos, papás difuntos dejando herencias en paraísos fiscales..., cazas de elefantes, cazas de rubias, caídas tontas, operaciones en clínicas privadas, más caídas tontas y más operaciones... A continuación voy a ofrecer unos datos obtenidos de una fuente de información que acaso deja mucho que desear, pero que es suficiente para que nos hagamos una graciosa idea acerca de qué es lo que me tengo que tragar porque no me dejan ser republicano. Entre las listas que confecciona la web 20 minutos, se halla la de Los peores escándalos de las familias de la realeza. Pues bien, en el puesto número uno del ranking, se halla, como no podía ser de otra manera, Iñaqui Urdangarín —o Urmangarín, Urdanguarrín, Urdancaín, (H)Urtadinerín..., como va llamándole la invectiva popular—. La segunda y sexta posiciones no son para otro que para el ínclito Juancar: una, por ciertos asuntos paquidermos, a pesar de haberlo sentido mucho, de haber reconocido que se había equivocado y de haber asegurado que no volvería a ocurrir; otra, por su irrefrenable donjuanismo, el cual ha ido a dar en lo que ya se conoce como La soledad de la reina. El octavo lugar lo ocupa Felipe Juan Froilán, por su accidentado disparo. El décimo, la cuñada suicida del príncipe. El decimoquinto, la princesa Letizia y su acaso anorexia.

En fin, impecable, como dice el pepero. Y eso que nada se dice de los mil ochocientos millones de euros en que se calcula la fortuna de Juan Carlos, según publicaban el año pasado varios medios: Forbes, The New York Times... ¿Estaría incluida ya la herencia suiza en esa millonada?

(Perdóneseme; es deformación profesional: ¡tres faltas de ortografía en la papeleta del "sí"!)

sábado, 6 de abril de 2013

La república estrellada



Pablo Sebastián, presidente y fundador del diario de Internet Republica.com, escribe en sus páginas acerca de "La insistencia [del PSC] de defender en España y para Cataluña la autodeterminación" y opina que ello —¡oh, sorpresa entre sorpresas!— "Abre la puerta a la independencia"; no contento con el calado de su perogrullada, añade además que ello "Conculca la legalidad española (e internacional, salvo en el caso de las colonias)". Supongo que Pablo Sebastián, presidente y fundador del diario de Internet Republica.com, debe pensar que el proceso para cambiar una España borbónica por otra republicana no conculca ley ni principio ninguno porque acaso sí se contempla en la Constitución. Claro que podrá pensar en ello cuando no tenga el pensamiento ocupado en la de tanques que la comunidad internacional enviará a Escocia o al Quebec para reventar sus respectivas urnas secesionistas (o no) no coloniales.

martes, 26 de marzo de 2013

viernes, 15 de marzo de 2013

Una imagen y menos de mil palabras

Uno de los aspectos básicos de la creación publicitaria, al menos según la explicamos los profes de lengua en las aulas, es el diálogo que se establece  entre texto e imagen: el texto puede aclarar el sentido de la imagen, si esta complementa o ejemplifica el de aquel...

Así, la imagen se nos cuela en el ámbito académico de las palabras. De igual manera sucede en la prensa escrita. Sucintamente, podríamos definir los periódicos como publicaciones diarias de noticias; y las noticias, como textos que relatan la actualidad. Y sin embargo, cada vez más, la imagen va comiendo espacio a la letra de los diarios. Ello resulta especialmente evidente en el diseño de sus portadas. Las razones para que sea así resultan obvias y acaban por dar validez a esa sentencia famosa de cuyo uso abusamos y con la que no siempre cabe estar de acuerdo: "Una imagen vale más que mil palabras".

En cualquier caso, no es de estas razones obvias de lo que quiero escribir, sino de la costumbre adquirida de un tiempo a esta parte de montar las portadas de los diarios sobre la base de dos noticias, a partir de las cuales pueden obtenerse, respectivamente, el titular del día y la imagen del día. Ello hace que, sin remedio, se cree un diálogo entre texto e imagen, que no es pretendido y estudiado, como sí sucede en el ámbito publicitario, sino inconsciente y azaroso.

Si damos un repaso a algunos de los apartados que nos ofrece la prensa de hoy, tendremos ejemplos más que suficientes de lo expuesto —de hecho, estos renglones nacen de haber hecho yo ese repaso previo a primera hora de la mañana—. Los titulares de hoy coinciden en dar cuenta del freno a los desahucios; las imágenes, en cambio, en ilustrar la nueva actualidad vaticana. Es decir, la falsa impresión resultante de aunar información textual e información visual es la de que los desahucios se han acabado gracias a Dios, lo cual no es locución interjectiva con la que manifestar alivio, sino sintagma preposicional de significado literal: gracias a Dios, papa mediante. Veamos, si no, La Vanguardia: «Europa abre la puerta a que los jueces suspendan los desahucios», reza el titular de paso enorme junto a una imagen de gran formato en la que se ve a Francisco I, crucifijo en ristre. O el diario Ara, en el que un enorme «STOP desnonaments» figura encima de una fotografía en la que puede verse al nuevo papa junto a parte de la curia pontificia, preocupados todos, en el descenso de la escalinata vaticana, por el hecho de que, si la Iglesia no proclama a Jesucristo, se convierte en una ONG piadosa. Algo distinta resulta la portada de El Punt Avui, el cual, por su carácter de prensa regional, en vez de irse hasta Roma, se queda en Colera (Girona) y muestra una imagen en la que el viento ha hecho caer una gran grúa sobre una casa, imagen con la que, inevitablemente, se establece un juego metafórico con los desahucios de marras y las "Hipotecas abusivas", sintagma que figura hoy como título de portada de este diario. Con todo, la relación casual que acaba siendo más íntima entre titular e imagen es la que se da en la portada de El Periódico de Catalunya: "Ahora, sí. Stop desahucios" puede leerse sobre una imagen del nuevo papa con un gran pie de foto lateral en que el pontífice dice: «Ojalá Dios os perdone por lo que habéis hecho». Lástima que Francisco I dirigiese sus palabras a los cardenales por haberlo elegido y no a los responsables de esta mierda de sistema en crisis, por dejar a la gente sin techo bajo el que cobijarse.

Lástima también que apenas el lapso de un día impidiese hacer coincidir en las portadas recientes de la prensa mundial el titular HABEMUS PAPAM con la fotografía de un Messi que corría loco de alegría siguiendo la cal del fondo sur del Camp Nou, coincidencia que, sin duda, hubiese hecho necesario un pie de foto esclarecedor más o menos de esta guisa: Messi, loco de alegría. No por la elección de un papa argentino, sino por su segundo gol al Milan, con el cual quedaba igualada la eliminatoria.

jueves, 14 de marzo de 2013

Escupitajos políticos

La Mossa representa el  lado amable de nuestra policía,
el Mosso, el lado duro. O, en otro orden de cosas, el
Mosso representa la visión que del Cuerpo tiene el PP,
y la Mossa, la que tienen los desafectos a la gaviota.

No es que tenga ganas de defender a la policía; menos aún, sin embargo, las tengo de atacarla. La policía debería estar ahí, sin más, sin que nos ocupemos de ella y sin preocuparnos por ella, ocupándose ella de nosotros y preocupándose por nosotros. Y, no obstante, me propongo a continuación escribir estos pocos renglones en que ya ando para, hablando de policías, hablar de otras cosas. Por ejemplo, de que este país en el que vivo y al que amo, Catalunya, dista mucho de ser perfecto. No es el país de las maravillas, lo cual resulta coherente con el hecho de que nuestra Alicia —que la tenemos— es cualquier cosa menos un entrañable personaje de cuento infantil, dada su inequívoca tendencia facciosa a la hora de pergeñar sus perpetraciones políticas.

Como es sabido, estos últimos días la irresponsable responsable del PP catalán, Alícia Sánchez Camacho, ha decidido renunciar a la escolta de los Mossos d'Esquadra que le había sido asignada por su condición de responsable política —por cierto, lo de política me queda claro; lo de responsable, no tanto—. En su lugar, ha decidido solicitar el servicio de protección al Cuerpo Nacional de Policía. La razón que para ello ha aducido la susodicha es que no se fía de una policía autonómica por la cual teme ser espiada.

Desde luego, hay mayor hondura de reflexión política en un escupitajo expelido contra el suelo por un defecto de tialismo que en esta decisión, la cual se me antoja, como mínimo muy mínimo, nada prudente. Y digo nada prudente por varias razones. En primer lugar, porque las acusaciones son, más allá de dudosas, infundadas. En segundo lugar, porque quién puede aseguarle a Alicia que los agentes encargados de su protección no son exguardiaciviles o, incluso, expolicías nacionales, que, como las meigas, habelos hainos. O votantes del PP. A todo ello, habría que añadir el hecho de que, si los Mossos quisiesen realmente espiar a Alicia, no habrían de cesar en su empeño por haberles sido retirado el cometido de escoltarla. Pero la mayor torpeza de cálculo político reside en lo que, en buena lógica, se infiere de todo este despropósito: el pervertido maniqueísmo de polis buenos y polis malos, identificados respectivamente con estatales y autonómicos. Ellos y nosotros.  Ellos frente a nosotros. Toda dicotomía implica inherentemente una oposición. Toda oposición es punto de partida válido para una partición, para una separación. Y, lo que es lo mismo: en el principio de innumerables rupturas, se halla la desconfianza. ¿No es la ruptura, la separación, lo que precisamente pretende evitar Alicia?

Por otro lado, si realmente fuese la desconfianza en el buen hacer y el recto proceder de los Mossos d'Esquadra lo que lleva a la ínclita Camacho a su renuncia, ¿no habría también de recelar, seguramente con mayor razón aún, de una Policía Nacional capaz de acusar anónimamente de fraude fiscal a los mandamases catalanes? Pero no. Sucede que el interés de esta señora y, por ende, el interés pepero, es análogo al del pescador en las aguas revueltas del río.

Que el interés de la Camacho corre parejo al de su partido es una obviedad en la que viene a incidir la reciente afirmación del ministro de Interior, Jorge Fernández Díaz, acerca de que los Mossos d'Esquadra no tienen una mayor participación en las investigaciones contra la violencia doméstica porque no les da la gana —no se arriesga a decir si es a ellos mismos a quienes no les da la gana o es a quienes los dirigen políticamente—. Así pues, parece que este miembro del gabinete no solo comprende la actitud de su correligionaria catalana, tal como ha manifestado públicamente, sino que además se suma a esa manera de proceder que ha dado pie al portavoz del Govern de la Generalitat, Francesc Homs, a declarar que «Aviat el coneixarem com el ministre de l'Interior i de la guerra bruta».

Con todo esto, no cuesta trabajo entender que Fernández Díaz concediese crédito y defendiese en su momento la autenticidad del famoso documento fantasma, falsamente atribuido a la UDEF (Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal). Y no solo eso, sino que ahora, olvidado ya el ridículo cometido con el apócrifo, el ministro amenaza con nuevos papeles acusadores aparecidos precisamente tras tirar del hilo del docufantasma. Y es que el estilo del Gobierno del Estado, que no es otro que el del PP —pues no hay quien distinga lo uno de lo otro, por desgracia—, consiste en la vieja táctica del ¡a que me chivo! Véase, si no, la semejanza entre esta amenaza de «tirar del hilo» y aquella otra reciente de Montoro a los actores. 

Ya está bien, por mor de Dios, señores ministros. Señor Montoro, señor Fernández Díaz, si los de la farándula o los gobernantes autonómicos evaden dinero y eluden impuestos al fisco, denúncienlos y acúsenlos nominalmente o déjense de hostias. De lo contrario, pierden toda su credibilidad, la cual, tal y como se halla la opinión ciudadana a causa de tanta corrupción política, ya anda bajo mínimos.

Y, por cierto, hagan lo mismo con Bárcenas y los suyos —de ustedes, me refiero—.

Imagen paródica del documento fantasma.

lunes, 11 de marzo de 2013