domingo, 14 de febrero de 2021

Amor “realidealizado”


Cuesta poco comprender que Alonso Quijano anduviese prendado de Aldonza Lorenzo si en el imaginario de cada cual la «moza labradora de buen parecer» se dibuja con la estampa de Sophia Loren. Evidentemente, no menos comprensible resulta que el bueno de nuestro manchego hidalgo, una vez transmutado en don Quijote, la idealizase en su mente y en su corazón como Dulcinea, nombre, al parecer del caballero, «músico, peregrino y significativo».

En el capítulo XXV de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, el lector ocioso se encuentra con la carta que don Quijote, el Caballero de la Triste Figura, dirige a quien es señora de sus pensamientos (DQ, I, 25):

Soberana y alta señora:

El ferido de punta de ausencia y el llagado de las telas del corazón, dulcísima Dulcinea del Toboso, te envía la salud que él no tiene. Si tu fermosura me desprecia, si tu valor no es en mi pro, si tus desdenes son en mi afincamiento, maguer que yo sea asaz de sufrido, mal podré sostenerme en esta cuita, que, además de ser fuerte, es muy duradera. Mi buen escudero Sancho te dará entera relación, ¡oh bella ingrata, amada enemiga mía!, del modo que por tu causa quedo: si gustares de acorrerme, tuyo soy; y si no, haz lo que te viniere en gusto, que con acabar mi vida habré satisfecho a tu crueldad y a mi deseo. Tuyo hasta la muerte,

El Caballero de la Triste Figura.

La carta es una taracea de expresiones que aparecen en otras cartas de amor de los libros de caballerías. Ello, sumado al hecho de que don Quijote, como hemos señalado, ha idealizado a Dulcinea en su locura, invita al lector a no asumir el mensaje epistolar como expresión sincera de amor. Sin embargo, por un lado, la tal retahíla de lugares comunes, Cervantes la hilvana y la reinterpreta con sumo acierto estilístico, y, por otro, la idealización en el amor es siempre necesaria: nadie es más hermoso, más alegre, ni posee mayor donaire que la persona amada. Ello es siempre así en el proceso de enamoramiento y debe seguir siendo así durante los años venideros, porque las imperfecciones, a la luz del amor, no son tales. Llegado a este punto de la reflexión, siempre recuerdo el acierto con que Benedetti escribió los versos de “La octava”:

[…] La octava de la izquierda
tampoco caben dudas
esa es la “cautivante” 
sus dos centímetros de menos
sus seis centímetros de más 
como decía el viejo nietzsche
la hacen humana
demasiado humana.

Es posible que para el lector moderno el lenguaje de la carta de don Quijote sea otro factor determinante que le dificulte la identificación emocional. Hoy es San Valentín, para muchos, el Día de los Enamorados, y puede ser, por tanto, un buen día para dedicarle una breve paráfrasis a esta rendida, pese a retórica, declaración de amor.

Don Quijote se presenta como «ferido de punta de ausencia» y «llagado de las telas del corazón» porque se declara temeroso de ser un amante desdeñado: no estar junto a Dulcinea hace de él una víctima de amor: un herido y un enfermo. El caballero es capaz de soportar sufrimientos intensos, pero teme flaquear ante este sufrimiento amoroso tan intenso y duradero y pide a la dama que o bien le corresponda o bien lo rechace, haciéndola sabedora de que esto último sería el gesto cruel ante el que él sucumbiría. A riesgo de excederme en la glosa y caer en el prosaísmo, hoy diríamos algo así como «Si tú no me quieres, la vida no tiene sentido».

Feliz día de San Valentín.

NOTA: Esta entrada ha sido publicada originariamente en el blog DeCastaLlano.

domingo, 3 de enero de 2021

DQ nos desea feliz año


Entre los parabienes propios de estas fechas, se ha abierto paso casi de forma viral (yo, al menos, lo he recibido de tres fuentes distintas) una cita fragmentaria del Quijote, concretamente de un párrafo del capítulo dieciocho de la primera parte. Para leerlo en su contexto puede hacerse clic aquí. Reproduzco a continuación el párrafo completo atenuando tipográficamente la intensidad de las partes que el susodicho mensaje elude:

—Sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro, si no hace más que otro. Todas estas borrascas que nos suceden son señales de que presto ha de serenar el tiempo y han de sucedernos bien las cosas, porque no es posible que el mal ni el bien sean durables, y de aquí se sigue que, habiendo durado mucho el mal, el bien está ya cerca. Así que no debes congojarte por las desgracias que a mí me suceden, pues a ti no te cabe parte dellas.

El mensaje está muy bien traído en este tránsito que va del denostado 2020 al esperanzador 2021, y viene a decirnos (si la exégesis no me falla y doy en el clavo del sentido figurado) justo lo que la mayoría de nosotros hemos expresado a familiares, amigos y aun simples conocidos: el deseo fácil de un 2021 mejor que el 2020, pues que sea peor resulta poco menos que imposible.

En concreto, las palabras que don Quijote dirige a Sancho Panza beben de la sabiduría popular, rasgo que no es exclusivo del escudero, pese a que a él lo defina. Cuando alude a que «Presto ha de serenar el tiempo», el ingenioso hidalgo está reinterpretando el conocido refrán «Tras la tempestad, viene la calma», y cuando a continuación colige que «habiendo durado mucho el mal, el bien está ya cerca» no está sino parafraseando la no menos conocida paremia «No hay mal que cien años dure», ni confinado que lo resista, podría añadirse.

Cuando en clase de literatura llega la hora de abordar qué es un clásico (sabido es que el Quijote lo es), más que llegar a la definición que el diccionario nos ofrece en cuanto a obra «que se tiene por modelo digno de imitación», interesa saber cuál es el factor que la hace perdurar en el tiempo y este no es otro que el de transmitirnos, a través del dominio de la técnica y la estética artística, valores imperecederos. Un clásico nos habla de nuestra esencia por encima de nuestra circunstancia. En ese sentido, el Quijote nos muestra la dualidad del ser humano a través de sus dos protagonistas: nuestro lado idealista, corporeizado en la figura de don Quijote, y nuestro sentido práctico, corporeizado en la de Sancho Panza.

El parabién de la cita quijotesca, por sí solo, no demuestra que el Quijote sea un clásico; pero contribuye a ratificarlo como tal, pues muestra su vigencia quinientos años después. Y lo hace a través de la voz del idealismo quijotesco, pero mediante la sabiduría popular de los refranes (propia del bueno de Sancho), en los cuales se encierra buena parte de nuestro sentido práctico.

Feliz 2021, a todos. Que nos sea más venturoso que el anterior.

NOTA: Esta entrada ha sido publicada originariamente en el blog DeCastaLlano.

jueves, 31 de diciembre de 2020

¡Calla, charnego!

Hoy cierto amigo mío, de esos amigos de verdad, que no cabe dudar que lo son porque han estado ahí durante cuarenta años, ha tirado de ironía al wasapearme: «¡Calla, charnego!». Por supuesto, el contexto daba para entender sobradamente que no existía ánimo de ofensa ninguno, ni en su emisión ni, claro está, en su recepción. No obstante, el apelativo en cuestión, sin contexto que lo atenúe, posee un claro sentido peyorativo, tanto en castellano como en catalán (“xarnego”), y las definiciones en los respectivos lexicones de referencia así lo explicitan. Con todo, tales definiciones no son coincidentes entre sí al cien por cien.

El DLE define el término como «Inmigrante en Cataluña procedente de una región española de habla no catalana», significado próximo, aunque no idéntico al de la segunda acepción del DIEC2: «Immigrant castellanoparlant resident a Catalunya». La diferencia, sutil, podría parafrasearse así: el inmigrante referido por el DLE puede ser un hablante tanto castellano como gallego o vasco, pero que, en cualquier caso, puede ser además catalanohablante; sin embargo, el DIEC2 reduce la realidad de dicho inmigrante exclusivamente a la de aquel que se expresa en castellano. Eso sí, el diccionario del Institut d'Estudis Catalans añade una segunda acepción (primera, en realidad), también de sentido despectivo, que nos da cuenta del charnego como hijo de una persona catalana y de otra no catalana, especialmente francesa. Me da, sin embargo, que este último matiz, el de la progenie gabacha (así dicho, puestos a usar términos de naturaleza despectiva), ha cedido terreno frente a la del resto de la península.

Con todo, he de confesar que, desde que leí por primera vez Últimas tardes con Teresa, y pese al sentido despectivo que el adjetivo “charnego” posee, albergo cierta simpatía hacia esta voz: cuestión de amor literario más que lingüístico. En la novela, el adjetivo aparece una sola vez como voz castellana y es el propio protagonista, Pijoaparte, quien se lo dice a sí mismo: «Baja, charnego, aquí conviene detenerse, se dijo él». En cambio, como voz catalana, aparece hasta en seis ocasiones. Pero tanto en aquella como en estas, el sentido inequívoco del término es el de la delimitación o, por mejor decir, el de la limitación social. No en vano el autor de la novela, Juan Marsé, reconocía hace unos años que su protagonista charnego, de haberse escrito la novela en el siglo XXI, hubiese sido un inmigrante magrebí. De hecho, la primera vez que aparece "xarnego" en la obra, muy al principio de la misma, se acompaña, mediante sinonimia, del gentilicio "murciano", hecho que el narrador aprovecha precisamente para destacar el uso de ambas voces como marcadores de estatus social: «Él no ignoraba que su físico delataba su origen andaluz —un xarnego, un murciano (murciano como denominación gremial, no geográfica: otra rareza de los catalanes), un hijo de la remota y misteriosa Murcia...».

Por último, quisiera destacar el curioso recorrido etimológico en forma de vaivén que ha sido necesario hasta que el adjetivo “charnego” se asentó en nuestro idioma. Como quizá se sepa o se intuya por lo expuesto anteriormente, “charnego” es un calco por adaptación de su equivalente catalán “xarnego”. Lo que acaso ya no sea tan conocido es que la voz catalana es, a su vez, un préstamo del castellano, en concreto, del adjetivo “lucharniego”, que, debido a un proceso de elipsis, se sustantiviza y pasa a denominar el “perro lucharniego”, can adiestrado para la caza nocturna. Y es esta presencia de la noche en el significado la que nos puede dar la pista sobre cuál es el término a partir del cual se ha creado el adjetivo relacional aplicado al perro: "nocharniego" ('que anda de noche').

No puedo por menos que concluir recordando cómo, en los primeros renglones de Últimas tardes con Teresa, Pijoaparte surge de las sombras de su barrio la noche del 23 de junio de 1956, y cómo trata de dar caza a Teresa para intentar escapar de su condición de charnego. Ese inicio de novela ambientado en la verbena de San Juan hace del personaje un nocharniego y, en sentido figurado, un lucharniego.

martes, 3 de noviembre de 2020

Apunte etimológico y lexicográfico en torno al sándwich

Aprovechando que hoy se conmemora oficiosamente el Día Mundial del Sándwich, saquemos a colación alguna curiosidad acerca de la palabra que le da nombre.

La primera es relativa al nombre que recibe este tipo de bocadillo. En su forma actual, sándwich, es un calco por adaptación del inglés sandwich, sustantivo que los ingleses toman, como el mismo DLE nos refiere en su entrada correspondiente, del nobiliario título de John Montagu, quien fuese conde de Sandwich durante gran parte del siglo XVIII. Al parecer, la suerte del epónimo se debe al hecho de que el tal conde, jugador de cartas empedernido, no era amigo de perder tiempo de juego durante una buena partida para dedicarlo a pausas gastronómicas en las que saciar el apetito, de modo que se hacía traer a la mesa de juego unas rebanadas de pan entre las cuales habían sido colocadas unas tajadas de carne. Aunque parece ser que el invento no se le puede atribuir a él, lo cierto es que, al poco, el asunto había creado escuela, y preparar comida al modo del conde de Sandwich se acabó convirtiendo en una costumbre.

El primer diccionario de referencia en nuestro idioma que incluye una entrada para esta palabra es el Diccionario enciclopédico de la lengua castellana, publicado en 1895 por el canario Elías Zerolo, el granadino Miguel de Toro y Gómez y el colombiano Emiliano Isaza. La definición que figuraba era la siguiente: «Palabra ingl. que significa pastel, y se compone de una delgada lonja de carne fiambre, colocada entre dos rebanadas de pan. En castellano se llama emparedado». Por su parte, la RAE no la recoge hasta la edición en 1927 de su Diccionario manual e ilustrado de la lengua española, donde figura sin tilde y señalada mediante asterisco como xenismo: «(Voz inglesa; pronúnciase sángüich.) m. Emparedado, bocadillo, lonja de jamón o de fiambr[e] entre dos pedacitos de pan». El calco por adaptación no fue recogido por la academia hasta la edición del diccionario de 1989.

Como bien se observa, de una u otra forma, ambas obras lexicográficas destacan, en sus respectivas entradas, la preferencia por el sustantivo emparedado. En ese sentido, recuerdo que, durante los tiempos mozos de mi educación secundaria, los profesores acostumbraban a aleccionarnos con la monserga de que debíamos llamar al sándwich emparedado, por ser esta una palabra nacida del patrio genio idiomático. A ello, ha de añadirse el hecho de que las traducciones televisivas de aquel entonces parecían preferir también esta voz parasintética surgida de la primitiva pared. Efectivamente, emparedados y no sándwiches era lo que Pilón, el glotón amigo de Popeye, devoraba compulsivamente en cada escena, y emparedados eran también los que el oso Yogui y el bueno de Bubú solían hurtar de sus cestas de merienda a los turistas del parque Jellystone. En cualquier caso, nuestro mundo era decididamente de bocadillos; más concretamente, de bocatas. Y, para cuando el clásico de jamón de York y queso entre calientes rebanadas de pan de molde planchado quiso conquistar los estómagos de nuestra generación durante las noches de cena ligera, ya todos lo llamamos bikini (o mixto, más allá del Ebro).

Por cierto, el nombre bikini, aplicado a este sándwich, no se debe a ningún tipo de analogía con el bañador de dos piezas femenino: nada tiene que ver que incorpore dos ingredientes como relleno; nada, que se componga de una rebanada de pan de molde superior y otra inferior; nada, que suela servirse cortado en forma triangular... Se denomina bikini porque Bikini era el nombre de la famosa sala de baile barcelonesa donde se servía como bocadillo de la casa.

Con un epónimo, comenzábamos esta entrada, y, con un epónimo, la concluimos aquí. Porque la del bikini es ya otra historia.

viernes, 9 de octubre de 2020

Arroz y flores

Decía Confucio que compraba arroz para poder vivir y flores para tener algo por lo que vivir. Incurriendo en un reduccionismo extremo mediante la exégesis, a mi entender, lo que el sabio pensador chino trata de decirnos es, en buena medida, que no hemos de confundir banalmente vivir con sobrevivir: El arroz, metonimia del alimento, nos otorga la energía que precisamos para no sucumbir (literalmente, en segunda acepción); pero no nos ofrece un sentido vital, una razón por la que vivir. Ahí es donde las flores ejercen su papel simbólico, el cual no se limita a la idea de la belleza, sino que abarca mucho más, de hecho, abarca todo lo demás. El ser humano es, en esencia, dual: somos materia y espíritu; somos sentido práctico e idealismo; somos, como Cervantes supo mostrarnos universalmente, Sancho y don Quijote... Somos arroz y somos flores.

Durante este mes de octubre, en Lloret de Mar, se están celebrando las XX Jornadas Gastronómicas del Arroz. Se trata de una atractiva apuesta culinaria que habitualmente acontece durante el mes de mayo, pero que, en este pandémico 2020 ha visto reubicada su cita con el turismo gastronómico a lo largo de todo este mes otoñal en que nos encontramos.

En total, son quince los restaurantes a los que se puede acudir para degustar unos suculentos menús, cuyo eje vertebrador siempre es, naturalmente, el arroz. El fin de semana pasado, mi mujer y yo pudimos disfrutar del que preparan en Il Pomodoro: un arroz caldoso de erizo de mar, rape y almejas, que estaba, literalmente, para mojar pan, lo cual, por supuesto, hicimos, sin que nos amedrentase la generosidad de las raciones. Y, ayer mismo, hicimos lo propio con otro caldoso: el de sepia y gamba que elaboran y sirven en el restaurante del aula de aplicación del Hotel Evenia Olympic Park los alumnos de los CFGM de hostelería del Institut Ramon Coll i Rodés. Fue precisamente aquí, donde recordé el apotegma confuciano con que da inicio este escrito y donde pensé que, de hallarse a la mesa el mismísimo Confucio, hubiese estado de acuerdo conmigo en que hay arroces que son también auténticas flores.



Fotografía superior: Carta de restaurantes participantes en las XX Jornadas Gastronómicas del Arroz.
Fotografía inferior: ArrozFotografía inferior: Arroz caldoso de sepia y gamba,de la hostelería del Institut Ramon Coll i Rodés, de Lloret de Mar.

domingo, 28 de junio de 2020

Alan Turing o la hipocresía social

K00t25 / CC BY-SA
La ciencia ficción ha ido granjeándose inexorablemente adeptos culturales entre los ciudadanos de la contemporaneidad, sobre todo durante los siglos XX y XXI, tanto es así que, cada vez más, esos hipotéticos logros científicos y técnicos en que el género —ya sea literario o cinematográfico— se basa tienden a acercarse al presente más que a distanciarse en el futuro.

Es por ello que a más de uno le resultará familiar la denominada prueba o test de Turing, por medio de la cual un observador puede dilucidar si las respuestas que se van obteniendo proceden de una inteligencia humana o de una inteligencia artificial. Sin ir más lejos, dicho test juega un papel primordial, por ejemplo, en ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, la novela de Philip K. Dick en que se basó la celebérrima película de Ridley Scott, Blade Runner. En IA (Inteligencia Artificial), película dirigida por Steven Spilberg, nos encontramos con otro argumento que da cabida al test de Turing. Mucho más recientemente, por aducir un tercer ejemplo, en Ex Machina, ganadora del Óscar a los mejores efectos visuales por delante del episodio VII de Star Wars, la historia gira precisamente en torno a un programador informático y una androide dotada de inteligencia artificial a la que debe hacerle pasar el test de Turing.

La prueba o test en cuestión debe su nombre a quien la ideó: Alan Turing, un matemático, informático teórico, criptógrafo, filósofo... e incluso corredor de largas distancias británico, de cuyo nacimiento se cumplieron este martes ciento ocho años. A Turing, se le considera uno de los padres de la inteligencia artificial, de la ciencia de la computación, es decir, de la informática moderna. Si además atendemos a que, durante la II Guerra Mundial, Turing salvó miles de vidas al conseguir descifrar multitud de códigos nazis, particularmente los de la máquina Enigma, la relevancia que adquiere su figura es tal que justifica el hecho de que todavía hoy se le recuerde. No obstante, que esta entrada de blog haya sido publicada hoy en vez del martes conmemorativo de su natalicio se debe a otras razones.

Alan Turing murió en 1954 tras comer una manzana envenenada con cianuro. Hacía dos años que su brillante carrera profesional se había truncado tras haber sido juzgado y condenado por homosexual. Démonos cuenta de que no estamos hablando de tiempos pretéritos ni de regímenes dictatoriales represivos, estamos hablando de nuestra Europa contemporánea, de una Inglaterra democrática y modernizada de mediados del siglo XX, donde la sinrazón, no solo política o judicial, sino sobre todo social convirtió a un héroe de guerra en un apestado.

Hoy conmemoramos el Día del Orgullo LGTB en la creencia de que el amor ha de ser libre porque nos hace libres. Como vemos, no siempre ha sido así, y el hecho de que la efeméride tenga un sentido reivindicativo muestra a las claras que sigue sin ser del todo así. A estas alturas del escrito, ya habrá quedado claro, pero déjenme acabar diciendo que esta y no otra ha sido la razón de que sea hoy cuando publico esta entrada.

lunes, 4 de diciembre de 2017

Adiós, Paki


Te fuiste sin despedirte. No es un reproche; sé que hubieses querido hacerlo, como sé que, en realidad, lo que hubieses querido es quedarte. Era mucha la vida que aún esperabas y merecías por delante, mucha la que todos esperábamos y merecíamos compartir contigo. Si juntamos nuestros cachitos de dolor, no hay extensión más grande que nuestra herida.

Te fuiste sin despedirte, querida Paki; pero has de saber que somos muchos quienes pudimos ir a despedirte, a decirte un adiós gritado en silencio desde el andén de la vida, en dirección al tren de tu marcha sin retorno. No perdonamos a la muerte enamorada, no perdonamos a la vida desatenta, ni al fuego ni a la nada.

Y volverás a tu conserjería, a nuestras aulas y nuestros departamentos. Ya has empezado a hacerlo. Cada mañana entro en el mío y enchufo el portátil en la base múltiple a la que tú siempre llamabas regleta. ¿Te acuerdas, Paki? Un día te dije: “Necesito que traigas al albañil para que me mueva un enchufe de la pared que queda semioculto tras una estantería. Cosa de poco, apenas unos centímetros”. “¿Cosa de poco?”, me contestaste. Y vi en tu rostro la luz que siempre me indicaba que tú ibas a tener razón y yo no. “Traer al albañil ya es cosa de mucho si con una regleta tienes resuelto el problema”. Y cada mañana, vuelves a mi departamento y yo enchufo mi portátil en tu regleta. Y luego encaro un día por delante para poder echarte de menos en cualquier rincón inesperado.

Paki, tú sabías que eras de las pocas personas que, alguna vez, han leído renglones de carga lírica escritos por mí. Nunca sabré si estos que ahora escribo te hubiesen gustado suficientemente, a pesar de que siento que son, inequívocamente, más tuyos que míos.

Adiós, Paki. Nos vemos en cualquier momento en cualquier rincón insospechado de nuestro instituto.


lunes, 9 de octubre de 2017

¡Póngase sereno y apunte bien; va a matar a un hombre!

El contorno de su rostro mirando el cortejo fúnebre de los caídos en el sabotaje del barco Le Coubre por parte de la CIA, un contorno obtenido a partir de una foto de Alberto Korda, es una de las imágenes más reproducidas del mundo. Cosas de la mitificación, pero también de la capacidad absorente del capitalismo.

Hoy, la prensa y las radios y las televisiones del país, como del mundo entero, irán dando cuenta, sumándose a ella, de la conmemoración de la muerte del Che. El 9 de octubre de 1967, el sargento Mario Terán no apuntó demasiado bien en su primera ráfaga contra el comandante revolucionario y solo consiguió ponerse sereno al disparar la segunda, ya con los ojos abiertos.

No escribo estas líneas para resumir por enésima vez lo que, en principio, es harto conocido o fácilmente conocible: la lucha por la panrrevolución socialista, el éxito —o no— del caso cubano y su camaradería —o no— con Fidel, la responsabilidad última de la CIA —o no— en la decisión de ejecutarlo. Félix Rodríguez estaba allí, sin duda; pero tras tantas disyuntivas de posibles noes, acaso lo conocible y lo conocido no sean tan fáciles.

Escribo porque he recordado que el cadáver del Che permaneció en exhibición pública durante los dos días siguientes al de su muerte y que las mujeres todas, legas y religiosas, advirtieron y proclamaron un evidente parecido con Jesucristo. Son muchas las fotografías que se tomaron entonces al caído y, a poco que veamos alguna, no podemos por menos que estar de acuerdo con la evidente similitud —de la cual, hay quien incluso ha creado icono con aspiración simbólica—.

Pues bien, ha sido al paso de este recuerdo que ha acudido a mi cabeza otra semejanza iconográfica, que paso a detallar.


A la izquierda, el famoso cuadro de Rembrandt, La lección de anatomía del doctor Tulp, obra que retrata a los miembros del gremio de cirujanos reunidos en una clase práctica de disección, costumbre habitual en aquellas fechas para demostrar la sabiduría de Dios al crear al hombre. Debajo de este párrafo, la famosa fotografía para evidenciar la muerte del Che que los militares colombianos encargaron a Freddy Alborta. La semejanza es evidente hasta en algunos detalles: el doctor Tulp con su sombrero, reflejo de su cargo, mostrando una parte del cadáver con su mano derecha tiene su equivalente en el oficial boliviano con sus medallas y galones —le faltan las pinzas, claro—; ni el doctor ni sus siete estudiantes miran al espectador, como ninguno de los ocho militares mira a la cámara. Ahora bien, con las expresiones de sorpresa, atención o entusiasmo, Rembrandt logra subrayar la naturalidad de la escena que pinta; en la fotografía, sin embargo, parece que no hay sino apatía e indolencia en los rostros. Paradójicamente, la única mirada que se dirige al objetivo es la del cadáver, y el espectador tiende así, de forma natural, a identificarse con él —un efecto, sin duda, contrario al que pretendieran los militares al encargar el testimonio gráfico—. Inevitablemente, entonces, uno piensa: «yo también prefiero morir de pie, a vivir arrodillado».


Muchas son las obras de indudable valor artístico que tienen como referencia a Ernesto Che Guevara. Quisiera no despedir este escrito sin mencionar siquiera un par de fragmentos de sendas canciones que a menudo me acompañan:

De Ismael Serrano:                                                            De Nicolás Guillén (cantado por Paco Ibáñez):

Papá cuéntame otra vez esa historia tan bonita                                     Él fue tu mejor amigo,
de aquel guerrillero loco que mataron en Bolivia,                                 soldadito boliviano,
y cuyo fusil ya nadie se atrevió a tomar de nuevo,                              él fue tu amigo de a pobre
y cómo desde aquel día todo parece más feo.                                      del Oriente al altiplano.

Y, ya puestos, he aquí otra analogía: la habida entre una de las escasas imágenes en color que existen del cadáver del Che y el famoso cuadro de Mantegna, El Cristo muerto:


ADENDAS: Me he decidido a rescatar, del deterioro que causan el abandono y el olvido, algunas entradas subidas en su día al antiguo blog de A contraluz. A menudo, los refritos habrán de sufrir modificaciones, bien para adecuarlos al presente, bien para recuperar enlaces truncados o imágenes perdidas. Tal es el caso de esta entrada.

Concluido el artículo en su día, supe que mi original analogía no era tal, sino poco menos que trillado asunto, en el que, por supuesto, tenía propósito de ahondar. El escritor inglés John Berger ya había comparado —y otros lo hicieron tras él— la fotografía de Alborta y el cuadro de Rembrandt. Incluso un argentino afincado en Nueva York, Leandro Katz, había realizado un documental sobre Freddy Alborta y su famosa fotografía, en el cual, según fuentes consultadas, se menciona la analogía. De momento, no he podido conseguir el documental.

jueves, 3 de agosto de 2017

La extraña no violencia

Si alguien saca su navaja en la calle y raja los neumáticos de nuestra bicicleta, tenderemos a pensar que es un gamberro (por tildarlo de alguna manera suave) y que su comportamiento es violento.

No sé cuántos de quienes leáis lo hasta aquí dicho estaréis en desacuerdo con ello; pero, seáis pocos o muchos, lo sepáis o no, sois simpatizantes de la CUP, por lo menos, a tenor de la legitimación que de las últimas acciones de la gamberrorganización Arran han llevado a cabo los cuperos.

En el párrafo inicial, no he trazado una analogía, sino que he expuesto los hechos en sí. Veamos sus dos verdades. 

En primer lugar, las bicicletas cuyas ruedas fueron rajadas son, efectivamente, nuestras. Al menos, yo tiendo a pensar en ellas como un servicio de transporte público como lo puedan ser el autobús o el metro.

En segundo lugar, la acción es decididamente violenta. Podemos discutir si lo es en mayor o menor grado, pero es violenta.¿Quién se pasea por la calle con una navaja en el bolsillo? ¿Alguien enseña a sus hijos a pinchar las ruedas de las bicis de los vecinos con los que no estemos de acuerdo para poder así presionarlos e intentar que adopten nuestro parecer? Actitud violenta; no creo que haya mucha discusión. Y ello, sin necesidad de entrar a valorar otras violentas soplapolleces como las perpetradas en el puerto de Palma o contra el autobús turístico en Barcelona. Hagámoslo, empero.

A los cuatro valientes planoencefalogramáticos de Arran y a sus desdramatizadores bromacolegas de la CUP, puede parecerles inocuo pintarrajar un autobús, acaso porque no ponderan suficientemente lo que puede pesar anímicamente el hecho en un niño, por ejemplo. O en un anciano o en unos padres a cargo de su bebé o a un enfermo del corazón... O, en definitiva, a una persona cualquiera que está al día de la precaria seguridad ciudadana simplemente porque es alguien que acostumbra a leer la prensa, escuchar la radio o ver los telenoticias. Me imagino a mí mismo a bordo de un autobús turístico visitando Viena o Berlín junto a mi mujer y mis tres hijos, cuando, de repente, cuatro encapuchados o cuatro enmascarados interrumpen a la fuerza la marcha del autobús y comienzan a escribir sobre la carrocería y sobre las lunas, en un idioma que desconozco, grandes letras de lo que parece (por el contexto extralingüistico) una consigna política, religiosa tal vez. Todo divertidísimo, qué duda cabe. Les habré agradecido eternamente que me hayan proporcionado una emocionante anécdota que contar en alguna que otra aburrida tertulia nocturna.

Seguro que hay mejores formas de mostrar desacuerdo. No me gustan quienes rajan y pintarrajan a la fuerza. No me gusta quienes fuerzan y violentan.

jueves, 5 de enero de 2017

La cabalgata vigitana


Ayer fui al cine a satisfacer mi desmesurada cinefilia galáctica viendo Rogue One, el paraepisodio de la saga Star Wars. Como cabía esperar, disfruté de la película. Y, hasta aquí, la crítica cinematográfica de esta entrada. Lo que me interesa destacar de la sesión de ayer es uno de esos tantísimos anuncios que, en la actualidad, preceden a la proyección de los grandes estrenos de la temporada; se trata del anuncio íntegro de Campofrío en su campaña navideña Hijos del entendimiento, en el cual se nos presenta a una serie de parejas sentimentales cuyos miembros antagónicos imponen en sus vidas la comprensión por encima de la intolerancia. Un podemita y una pepera; un antitaurino y una taurina; una creyente y un ateo...; un independentista catalán y una españolista convencida son los matrimonios que el espectador reconoce como reales y no ficticios. 

Es probable que, sin deteriorar su longeva relación, el indepe y la españolísima anden hoy polemizando controladamente sobre la cabalgata de Reyes que TV3 retransmitirá dentro de pocas horas desde Vich. De ser así —hay quienes dudarán de ello; al menos, aquellos que critican el anuncio de Campofrío arguyendo el oxímoron del "exceso de tolerancia"—, algo podríamos aprender de ellos, sin duda.

Si prestamos atención a la prensa o, sobre todo, a las redes sociales —a este respecto, resulta ilustrativo seguir en Twitter la etiqueta #ReyesSinEstelada— comprenderemos hasta qué punto la sinrazón invade el terreno propio de la razón, esto es, el diálogo; el debate; la polémica, incluso. No existe ya apenas el interés por convencer al otro; mucho menos por tratar de comprenderlo. El único interés radica en dar rienda suelta a la iracundia, a menudo sin ni siquiera anteponer los límites de la falta de respeto y la ofensa.

En esencia, quienes se sienten alarmados —cuán eufemística me ha quedado la adjetivación— por los farolillos de la próxima cabalgata en Vich suelen esgrimir como argumento lo infame que resulta la manipulación de la infancia con fines ideológicos. Y así pueden leerse aberraciones como la que escribe @Zooropina: «Mucho "Dret a decidir" pero les arrancan de cuajo a los niños el derecho a la infancia. Miserables sin escrúpulos». O lo que escribe @AngelBaena5: «Lo que está haciendo el separatismo catalán con los niños es exactamente lo mismo que hizo Hitler en la Alemania Nazi».

Claro que, a esta línea de ataque, se opone otra de defensa en consonancia con lo que viene siendo la tónica del debate político en nuestro país, es decir, el "y tú qué" o "y tú más". Es entonces cuando, tirando desacertadamente de ironía, vemos aulas llenas de niños con banderas españolas o vemos a la Leti rodeada asimismo de numerosos niños con banderas españolas. ¿Qué esperamos que lleven?, ¿las del Reino de Lesoto, tal vez?, ¿las del de Bután, acaso? Lo cierto es que este tipo de contraargumento podría resultar acertado si la intención de quien lo arguye es la de equiparar dos normalidades; sin embargo, mucho me temo que lo que subyace sea algo así como "pues para adoctrinamiento, el vuestro", lo cual, si mucho no me equivoco, es tanto como conceder al otro parte de razón en su crítica. Un hecho que sustenta mi temor es que, en ciertas fotografías, la bandera que muestran los pequeños es la preconstitucional —¿por qué seguiremos denominando así, de manera tan laxa, a la que claramente es fascista, dictatorial, antidemocrática...?—. Otras analogías con algo más de acierto, pero igualmente concesivas a mi entender, pasan por ofrecer imágenes que asocian a los niños con las armas en ciertos encuentros con el ejército. He visto incluso la referencia a una cabalgata de Reyes a cargo de la Legión.

No obstante, la más contundente de las comparaciones es la que me ha hecho llegar en un wasap uno de mis amigos de toda la vida a quienes tanto quiero. Se trata de una imagen en la que un niño acaba de recoger de una cabalgata de Reyes unos caramelos en cuyo envoltorio cerúleo se leen las enormes siglas del Partido Popular. Y me parece de mayor acierto que el resto, en primer lugar, porque la carga ideológica no es de identificación patriótica con una u otra bandera, sino de color político; y en segundo lugar, porque la "doctrina" viene de la organización, no de los asistentes.

Seamos sinceros, si uno es españolista o independentista, monárquico o republicano, merengue o culé..., la camiseta con que vista a su hijo, la gorra con que cubra su cabeza o la banderita que le ponga en la mano llevarán los colores correspondientes a la propia filiación. Y salvo que mediante presión se le niegue al hijo en algún momento de su vida el derecho a elegir, lo que estaremos haciendo no será manipularlo, sino educarlo.

Serenemos un poco el ánimo y pensemos cuál puede ser el motivo de la discordia, porque —sigamos siendo sinceros— lo de la cabalgata es la enésima y no última excusa que nos buscaremos para escupirnos a la cara los respectivos sentimientos nacionalistas. Yo creo que todo se resume en el hecho de que TV3 va a retransmitir la cabalgata. Hace ya casi un lustro que los vigitanos —quienes quieren; quienes no, no— guían a SS. MM. hasta sus casas con farolillos estelados. Pero, claro, la trascendencia de tal costumbre reciente es limitada; sin embargo, si la televisión pública catalana lo difunde al conjunto de la sociedad, el eco se multiplica enormemente. Acaso la discusión debería ser esta, la de si la decisión de la Corporació Catalana de Mitjans Audiovisuals es acertada; esto es, si es o no neutra, objetiva, considerando que el año de la emisión es este 2017 en que se ha fechado un posible inicio de desconexión estatal. Quizá por aquí, encontraremos la tibieza con la que un orador de lengua y pensamiento afilados como Rufián habla del asunto, llegando a conceder que ello le «chirría» y que él «no lo haría».

En fin, ideologías al margen, en última instancia, a mí, lo que no deja de sorprenderme es que, en todo este asunto de los Reyes Magos, el problema sea la estrella.

domingo, 13 de noviembre de 2016

Adiós a Cohen



Supe del fallecimiento de Leonard Cohen al tiempo que del de Francisco Nieva: por la mañana temprano, antes de acudir al instituto a impartir la primera clase del día. Poco después, ya en el aula, entre mis alumnos, no pude evitar compartir con ellos la luctuosa noticia. Era consciente de que Nieva no sería para ellos más que el perfecto desconocido cuyo apellido, coincidente casi enteramente con el de una alumna, tal vez retengan sus compañeros durante largo tiempo o para siempre. A Leonard Cohen, sin embargo, alguno habría que lo conocería. Y efectivamente, alguno hubo —gracias al gusto musical de sus padres, por supuesto—. Intenté que todos comprendieran la magnitud de su arte y aproveché para hablarles de nuestro famoso Lorca, más afamado, si cabe, gracias al cantautor.

Al final de la digresión, extraje el móvil de mi bolsillo y busqué una canción en YouTube, como la he buscado hoy para iniciar esta entrada. No elegí, sin embargo, el eco lorquiano de "Take this waltz". Elegí "Hallelujah", consciente de que la mayoría de alumnos conocerían la canción gracias a la versión de Rufus Wainwright incluida en la banda sonora de la película Shrek. Subí el volumen multimedia del teléfono, alcé al cielo la mano y les pedí a todos que guardasen conmigo un respetuoso minuto de música.

miércoles, 26 de octubre de 2016

Inasistencia colectiva


Estudiante de secundaria en clara actitud reivindicativa durante la jornada de huelga de hoy, a la que se ha adherido. Por supuesto.

Hace un par de semanas, refiriéndome veladamente a este 26-O, pregunté a mis alumnos de 4.º de ESO cuántos sabían algo acerca de una posible huelga de estudiantes. Ninguno de ellos levantó la mano; nadie sabía nada. A renglón seguido, les pregunté quiénes de ellos estaban seguros de que seguirían la convocatoria, caso de producirse. Todos, sin excepción, levantaron la mano.

Estadísticamente, la huelga estudiantil de hoy debe de estar siendo todo un éxito. Al menos, en el instituto en que yo trabajo, lo es. No hay más que mirar las aulas vacías de la mayoría de pasillos.

Pese a ello, socialmente, dejará mucho que desear. No hay más que echarle un vistazo a la imagen que ilustra este escrito para comprender que, humor mediante, no está lejos de la realidad. Sí, sin duda, habrá estudiantes de secundaria que sepan que han sido movilizados por el SE, pero no por el SEPC; que también hay padres que se movilizan, la CEAPA, y otros que no, la FaPaC. Seguramente, incluso, habrá estudiantes que sepan por qué son movilizados; es más, sé fehacientemente que hay algún estudiante que, sin llegar a saber el sentido de la reivindicación de hoy, es capaz de aducir algo así como «Profe, todo esto es por eso de las reválidas franquistas», lo cual no querrá decir ni que tenga claro el significado y alcance de reválida ni, si me apuran, el de franquista.

Obviamente, no es la primera vez que me topo con esta situación. Mis alumnos de 4.º de ESO de hoy fueron mis alumnos de 3.º de ESO ayer, y ya secundaron masivamente entonces cuanta convocatoria de huelga hubo durante el curso, incluso alguna que casi nadie convocó y que casi nadie siguió. E, igual que no es la primera vez, también es cierto que no ha de ser la última. La indolencia adolescente en cuanto a sensibilidad social es supina y, por supuesto, se extiende a los bachilleres, sin excepción, aunque con una diferencia: en bachillerato, a menudo sucede que los alumnos de la modalidad científica sí acuden con normalidad a las clases. Ahora bien, no se trata de que el científico en cierne —durante la universidad, seguirá siendo así— sea un ser más reflexivo y no secunde la huelga por no estar de acuerdo con las reivindicaciones que la causen —su indolencia es la misma—; se trata de que la preocupación por el estudio es más intensa y no se permite a sí mismo un día de descanso, seguramente porque es más esclavo que otro bachiller —humanístico o social— de la explicación del profesor.

Resulta descorazonador, pero el derecho a huelga que tanto ha costado alcanzar al trabajador, un derecho a huelga que cobra doloroso sentido como medida última y desesperada del trabajador ante una injusticia laboral, se prostituye inevitablemente con cada estudiante que hoy se derrenga perezosamente en el sofá de su casa tratando de hacer equivocadamente suyo un derecho que ni siquiera le pertenece. Ojalá el azar no permita que el estudiante indolente de hoy haya de ser mañana el trabajador que ha de dejarse parte de su insuficiente mensualidad en reclamar lo que le pertenece. Por el momento, ley en mano, ni siquiera tiene el derecho que prostituye: lo que hoy lleva a cabo él y casi todos los demás no es una huelga, sino una inasistencia colectiva a clase.

domingo, 23 de octubre de 2016

Cuestión de aspectos


El infinitivo es, sin remedio, una forma verbal de aspecto imperfectivo, mientras que la perífrasis estar + part. es perfectiva. Mas aún: resultativa.

De ahí que enamorarse pueda ser engañoso. Es preferible estar enamorado.

lunes, 17 de octubre de 2016

La respuesta está en el viento

De mi vida, guardo recuerdos cuya banda sonora la pone Bob Dylan. En algún momento, incluso, mi entusiasmo por su música corrió parejo a mi fervor stoniano. Sin embargo, he de reconocer que no me parece una buena elección la que la Academia Sueca ha tomado.

Como profesor de literatura que soy, no necesito ser convencido de que las letras de canciones poseen carácter literario —no todas, claro—. Hace ya algunos milenios que la poesía nació bajo el embrujo de la música, hecho que ha ido perpetuándose a través de los tiempos y renaciendo con cada eclosión de una nueva lengua. Nadie duda, por ejemplo, de que las primeras manifestaciones artísticas, esto es, literarias, de las lenguas romances —castellano, catalán, gallego, francés...— fueron en forma de canciones que, efectivamente, se cantaban ante cualquier oportunidad que la vida brindase: fiestas, ceremonias, trabajo... Es más, todavía hoy, perdida ya la melodía, la única diferencia sustantiva entre la prosa y el verso radica en el marcado ritmo de este frente a aquella.

Por otro lado, he de admitir que, entre mis poemas favoritos, se encuentran letras de canciones de Serrat, de Llach, de Sabina, de Cohen..., de Dylan. Más aún, no mentiría mucho si dijese que difícilmente puede encontrarse mayor tristeza artística en el amor que la expresada en la letra de cualquier bolero, o mayor desgarro pasional que el contenido en la letra de cualquier tango. Escuchando un tango, uno puede llegar a querer abrir lentamente sus venas para verter toda la sangre a pies de la mujer amada. Y morir después.

Con todo, suelo tener la sensación de que, desprovistas de música, desnudas blanco sobre negro, las letras de las canciones se resienten, flaquean; y ello es algo que, contrariamente, no me ha sucedido nunca con poemas musicados. Pienso por ejemplo en el Machado o en el Miguel Hernández de Serrat, nunca devaluados y cuyos poemas aprendí cantándolos en silencio mientras sonaban por la megafonía de aquel lejano colegio de primaria al formar filas en el patio para acceder ordenadamente a las aulas. Recientemente, gracias a Lourdes Domènech, he leído un artículo de Daniel Gascón en el que se hace referencia a cierto episodio de la película Annie Hall; en él, el personaje de Woody Allen —quien, en este ejemplo, viene a ser trasunto mío— escucha cómo una entusiasta recitadora —quien viene a ser trasunto de la Academia Sueca— declama unos versos de “Just Like a Woman” que, a él, le resultan banales sin la música. Y, como bien apunta el periodista: «Esto no es un demérito sino un indicio obvio» de que lo que Dylan hace son canciones.

Hay siempre un poco o un mucho de hipérbole en alabanzas como la que el poeta Henderson dedicó a la canción "Like a rolling stone" al decir que, más que canción, era toda una epopeya. O como la que otro poeta, Nicanor Parra, apuntó al asegurar que apenas tres versos de "Tombstone Blues" son suficientes para merecer el Nobel. Evidentemente, no estoy de acuerdo en que ello defina la calidad del cantante o de su obra, pues se trata más de entusiasmo que de crítica objetiva. Pero acaso ni el mismísimo Dylan estará de acuerdo, si hemos de dar crédito a su legendaria renuncia a ser denominado poeta.

jueves, 5 de mayo de 2016

En el lado positivo

Tal día como hoy, hace exactamente un año, visité la UAB acompañando a mis alumnos de último año de enseñanza obligatoria y, al transitar entre según qué paredes o sentarme en según qué silla, un escalofrío emocional erizaba mi vello y granulaba mi piel. Después de todo —a pesar de que son innúmeras las realidades que o bien no llegan a cuajar como recuerdo o bien, tras conseguirlo, acaban desapareciendo en la letrina del olvido arrastradas por el paso de los años— la memoria del hombre es una eficaz potencia del alma, capaz de alimentarse de las escasas migajas vivenciales que vamos acumulando.

En cierto momento de la visita, Lucía, una exalumna mía de hace más de un lustro, ahora universitaria de tercer año —espero; entonces lo era de segundo—, se acercó a saludarme, y ese momento de corporeidad me permitió rescatarla de la indefinición de mi memoria. Algunos de mis tutorizados, a quienes acompañaba en aquel instante, asistieron al reencuentro con curiosidad, e, inevitablemente, acabé preguntándome por a cuántos de ellos acabará la vida alejando lo suficiente como para que los engullan el tiempo y el desagradecido olvido. Lo ignoro, claro; aunque, tal como anda de maltrecha mi aristotélica potencia anímica, mucho me temo que hayan de ser demasiados. También ignoro, obviamente, de cuántos acabaré no formando parte en sus memorias. En fin, supongo que lo deseable es que, si en alguna persisto, sea en el lado positivo.