sábado, 2 de noviembre de 2013

Desespero


Al menos en un sentido estrictamente etimológico, parece muy poco probable que uno pueda desesperarse, si dispone aún de tiempo por delante.

martes, 29 de octubre de 2013

Amor mediante


Amor mediante, resulta imposible imponer noes a síes.

lunes, 28 de octubre de 2013

jueves, 24 de octubre de 2013

Adiós, Manolo

A los ocho años, mis padres me llevaron a la plaza de toros de Iniesta (Cuenca) a ver un espectáculo nocturno de variedades en que se turnaban escenario Carmen Sevilla y Manolo Escobar. Me quedé dormido en el regazo de mi madre antes de que acabasen su actuación los teloneros, a los cuales ya tengo olvidados, si es que llegué a saber quiénes eran. Pero, de Carmen, ya me había enamorado inmediata y eternamente, y Manolo, desde entonces y por siempre, ha estado cantando en mi interior. Más allá de que a uno le guste o no le guste la copla, ha de reconocerse que los carros y los porompomperos forman parte esencial de la banda sonora de más de una generación.

Hoy, Manolo Escobar ha muerto, pero no. Sigue cantando en mi interior. «¡Viva el vino y las mujeres!».

viernes, 18 de octubre de 2013

Losada, cesado

Que hayan cesado al jefe de la Comisaría General de Policía Judicial, José García Losada, no puede sorprender a nadie. La suya ha sido la crónica de una muerte anunciada. Ya a principios de este verano, se rumoreaba con insistencia su cese, tras haber puesto a Ana Mato contra las cuerdas y frente a Correa —como juego de palabras, deja que desear, pero no he sabido ahorrármelo—.

Al frente de la Unidad de Delitos Económicos y Fiscales (UDEF), García Losada era el responsable máximo de las investigaciones relacionadas con la presunta financiación irregular de los partidos políticos. Esto es, investigó los casos Palau, Gürtel, Bárcenas...

El ministro de Interior, cuya preclara mente le llevó a asegurar durante la última campaña electoral que, en cuanto el PP llegase al poder, los mercados se tranquilizarían y la crisis poco menos que se desvanecería, el ínclito Jorge Fernández Díaz, es quien parece empecinado en ostentar el récord de renovaciones en un ministerio. Desde su llegada a Interior, tres son ya los responsables que ha colocado al frente de la investigación anticorrupción. Pudiera parecer que el ministro está muy preocupado por el tema. Y, seguramente, es así; pero en sentido inverso al que cabría esperar, puesto que, con tanto relevo y falta de continuidad en la dirección policial, la preocupación que se muestra es la de restar eficacia y, sobre todo, la de coartar la voluntad de investigación. Diez días fue lo que tardó Fernández Díaz en fulminar a Juan Antonio González, jefe de la policía judicial a la llegada del ministro. Cinco meses fueron los que duró en este nuevo cargo su sustituto, Enrique Rodríguez Ulla, quien —¡oh, equivocación entre equivocaciones!— ordenó la investigación sobre el ático de lujo en Marbella del presidente de la Comunidad de Madrid. Por cierto, cinco meses deben de constituir también un lamentable récord, parejo y en consonancia con el de haber tenido cuatro comisarios principales para la lucha contra la corrupción en una sola legislatura aún por acabar.

En fin, que la política en este pepepaís nuestro va siempre mucho más allá (incluso de lo razonable). Con la fulminante destitución de José García Losada, el Gobierno consigue, efectivamente, ir más allá y pasar de la política anticorrupción a la política antianticorrupción. Apenas un prefijo más allá.

jueves, 17 de octubre de 2013

Congreso de los disputados

ANTES.
Disputas, en el patio del cole:
—¡Imbécil!
—¡Y tú, más!
Y, así, hasta que el timbre del cole marcaba el retorno a las aulas.

DESPUÉS.
Diputados, en el Congreso:
—¡Corrupto!
—¡Y tú, más!
Y, así, hasta... En fin, hasta hoy. Pero mañana habrá más. Malaya a Malaya, Saqueo a Saqueo, Palau a Palau, Bárcenas a Bárcenas, Noos a Noos... ERE que ERE.

Exigencia vital


martes, 15 de octubre de 2013

Ticcionario ciudadano

L'entrevista del diumenge que el canal 3/24 emitió anteayer tuvo como protagonista al portavoz parlamentario de C's, Jordi Cañas. Durante la misma, el Sr. Cañas, refiriéndose al PSC, afirmó: "A veces se lo digo cariñosamente: tienen que leerse las acepciones de las palabras. O sea, cuando uno es federalista no puede pedir el derecho de autodeterminación" (sic).

No es la primera vez que el Sr. Cañas o su líder, el Sr. Rivera, andan por ahí recomendando a los demás, con excesiva alegría, eso de que se miren el diccionario. De tal forma, que no acierto a saber si la tal recomendación es una argucia efectiva en la búsqueda ganancial de votos para el partido o, llanamente, un ramalazo, aunque no propiamente de locura, antes bien de vana soberbia. Aunque vaya usted a saber si, después de todo, acaso no es sino una simple muletilla, esto es, un tic lingüístico.

Pero, en fin, no sea dicho... Acudamos al lexicón, pues, a fin de cuentas, es sano ejercicio mental. Entrada "federalista" en el DRAE, primera acepción —como cabe esperar—: 'Partidario del federalismo'. Entremos, pues, a través de "federalismo" y atendamos a sus diversas acepciones... ¡Ah, no! ¡Un momento! La voz "federalismo" es monosémica y solo significa "Espíritu o sistema de confederación entre corporaciones o Estados". Vayamos, entonces, con determinación, a la entrada "autodeterminación"; no sea que el problema semántico pescado con Cañas se encuentre en esta palabra. Dos son las acepciones que nos ofrece el DRAE:
  1. 'Decisión de los ciudadanos de un territorio determinado sobre su futuro estatuto político'.
  2. 'Capacidad de una persona para decidir por sí misma algo'.

Esta segunda acepción es la que me permite a mí, por ejemplo, decidir que no voy a votar a C's. En cuanto a la primera acepción, es la que da cuenta de que yo decida, en la pequeña medida proporcional que me corresponde democráticamente, qué futuro estatuto político quiero para "un territorio determinado", el cual, en el caso que nos ocupa, dícese Catalunya. Y ello incluso teniendo en cuenta que soy federalista —aunque, ciertamente, no socialista—.

Llegado a este punto, siento cierta desazón, pues sigo sin ni siquiera vislumbrar la tan obvia  según Cañas contradicción en que incurre todo federalista pro autodeterminación. De modo que hago un último intento por aclararme y me cuelo de nuevo en el DRAE; esta vez, a través de la entrada "estatuto", no sea que se halle en ella el intríngulis conceptual. Este sustantivo posee cuatro acepciones distintas y sospecho que la estrechez de miras y de criterio del portavoz de Ciutadans ha escogido como única válida la tercera: 'Ley especial básica para el régimen autónomo de una región, dictada por el Estado de que forma parte'. De ser así, el intríngulis 'dificultad o complicación' sería más bien el intríngulis 'intención solapada o razón oculta que se entrevé o supone en una persona —el Sr. Cañas— o en su acción. Porque esta acepción tercera de "estatuto" da cuenta de la realidad tal como la entiende la actual legislación española; sin embargo, en una cuarta acepción, como tecnicismo del ámbito lingüístico del derecho, "estatuto" es el 'régimen jurídico al cual están sometidas las personas o las cosas, en relación con la nacionalidad o el territorio'. Y es precisamente ese régimen jurídico el que los federalistas queremos variar de la forma menos imperfecta que las sociedades han sido capaces de idear: a través del voto democrático. La autodeterminación de los pueblos es un derecho consensuado internacionalmente, por lo que cualquier pueblo puede libremente aspirar a decidir su futuro como Estado autonómico, independiente o federal.

Reconozco que me sentiré decepcionado si la consulta se reduce, como pretenden muchos, a una simple disyuntiva de independencia sí o no. Espero que me permitan optar por una realidad federal, que acaso no sea mayoritaria, pero que está mucho mejor  perfilada que esa amorfa suma de "unión y singularidad" con que C's intenta jugar al despiste de la indefinición ideológica. Una indefinición, por otro lado, a la que siempre ha jugado este partido desde que dijeron venir a ocupar el centro izquierda, pero acabaron pactando con la coalición ultraderechista Libertas. Lógico, si consideramos que Albert Rivera venía de las Nuevas Generaciones del PP.

lunes, 14 de octubre de 2013

Quien parte y reparte se queda sin parte

Dentro de muy pocas horas, el diario austriaco "Kurier" publicará una entrevista con Rajoy. En ella, el ínclito Mariano nos dejará la siguiente confesión: "Soy consciente de que exigimos sacrificios a los ciudadanos, pero somos cuidadosos de repartir las cargas de forma justa".

Ignoro qué debe de entender el sr. Rajoy por "de forma justa". Tras oír decir recientemente a su compinche Montoro que  "Los salarios no están bajando en España, [sino que] moderan su crecimiento", lo cierto es que uno se puede esperar ya cualquier tergiversación semántica. Lo que sí sé es que mi salario ha disminuido en más de una ocasión; el de Rajoy, nunca. Lo que sí sé es que, por enésima vez, no cobraré mi paga extra; Rajoy, sí. Lo que sí sé es que las pensiones subirán un 0,25%; el IPC, más. Lo que sí sé es que el paro afecta ya a más de un cuarto de la población activa; a Rajoy no. Ciertamente son demasiadas las cosas que pueden saberse.

En fin, los políticos gobernantes —en especial, los del PP— saben, como nadie, identificar eufemismo y falacia. Y este presidentucho nuestro de tercera fila, que accedió al poder con la promesa de meter la tijera a todo, salvo a las pensiones públicas, la sanidad y la educación, hace ya demasiado tiempo —el que media desde su advenimiento— que perdió cualquier atisbo de credibilidad.

lunes, 16 de septiembre de 2013

Verdades de mentira y la mayoría silenciosa

La mayoría silenciosa, de A. Berni. Polimatérico sobre madera, 1972
Suele decirse a menudo que existen verdades, mentiras y estadísticas; aunque yo prefiero, en rigor, parafrasear a Mark Twain y decir que lo que en realidad existe no son más que mentiras, grandes mentiras y estadísticas. Al menos, en la vida pública. Y con vida pública no me refiero, perifrástica y asépticamente, al mundillo de las vulpéculas bípedas que habitan las esquinas nocturnas de los bajos fondos; me refiero, en realidad, a la política, pues, después de todo, hay más puterío en ella que en la propia hampa.

Al político, lo único que le mueve es su reelección. El político —al menos, el político español— no busca el interés ciudadano, sino el propio. Busca perpetuarse, como hace cualquier especie viva en la naturaleza; no obstante, el político no es un ser natural, sino social, y, si algo distingue claramente sociedad y naturaleza, ello es el principio ético —del cual el político carece, claro—.

En cualquier caso, lo que, en política, tienen en común mentiras, grandes mentiras y estadísticas es la intención de manipular al ciudadano, al posible votante. De ahí que, cuando la verdad entra en la escena política, la tendencia mayoritaria se divide entre la opción de enmascararla, tergiversarla, trabucarla..., y la opción de silenciarla. Al servicio de lo uno y de lo otro, nada mejor que una buena estadística con la que destacar los aspectos favorables y callar los desfavorables. Esta es la razón primordial por la que nadie se sorprende cuando, tras un recuento electoral, todos los partidos llevan a cabo lecturas positivas de los datos recabados.

No hace mucho, TV3 pregonaba la opinión de «una mayoría de catalanes» acerca de que el Govern «lo está haciendo regular». Como estadística, resulta cochambrosa: ¿la mayoría es aplastante o escasa? ¿Del 60%, el 70%..., el 99%? ¿Quienes conforman la minoría opinaban que el Govern lo hace bien o mal? Por los mismos días, la prensa publicó que el 80% de los votantes del PP opinaban que el Gobierno no actuaba bien en el caso de aquel-presunto-delincuente-que-sufre-prisión-preventiva, o sea, en el caso Bárcenas. El ochenta es, sin duda, un porcentaje de mayoría contundente y, sin embargo, evita que nos sorprendamos por el hecho de que todavía veinte de cada cien personas no opinen que el Gobierno no sabe gestionar este caso.

Y no solo con los datos porcentuales de las estadísticas se intenta jugar; también se hace lo (im)propio con los números absolutos. La asistencia a eventos de reivindicación social marca siempre tales diferencias entre las cifras gubernamentales y las manejadas por los convocantes que, inevitablemente, entendemos que unos, otros o ambos mienten. La crisis económica nos ha llenado los tiempos presentes de numerosas concentraciones, manifestaciones, huelgas..., con que aseverar lo dicho. Y más recientemente aún, las 400.000 personas que, según unos, se dieron las manos en la Via Catalana son apenas una paupérrima, ridícula cuarta parte del millón seiscientas mil personas que, según los otros, vistieron de amarillo el trazado catalán de la antigua Vía Augusta. Seguramente una cifra esté, más que la otra, próxima a la real; no obstante, puestos a contemplar la verdad, esta carece de números: la verdad innúmera es que la Via Catalana ha sido un éxito que no puede ningunearse. Con todo, lo que más sorprende en la disoluta interpretación de la realidad —ya no me atrevo ni a seguir llamándola verdad— es esa apropiación indebida que los peperos hacen de lo que se conoce como mayoría silenciosa, una mayoría silenciosa que la Camacho se ha apresurado a cuantificar en 6.000.000 de personas. Como diríamos por aquí, "Són faves comptades", que, dicho sea de paso, dan como resultado la tácita admisión de que en la Via Catalana se dieron la mano 1,6 millones de personas, pues, como es sabido, la población de Catalunya sobrepasa los 7,5 millones de habitantes.

Esta mañana, Quim, un buen colega del departamento de filosofía, me recordaba la paternidad de Nixon respecto del término mayoría silenciosa. No me he documentado acerca de si la prístina acuñación se la debemos a este expresidente estadounidense; pero, puestos a recordar su famoso discurso de 1969, se me ocurre algún que otro pero. En primer lugar, la Via Catalana no ha opuesto a la «mayoría silenciosa» lo que Nixon denominó una «ruidosa minoría», sino más bien lo que J. R. J. hubiese llamado una «inmensa minoría». Por otro lado, la minoría que Nixon trataba de despreciar adjudicándose la coincidencia de opinión con la mayoría silenciosa no era otra que, ni más ni menos, la de la protesta contra la guerra de Vietnam. Que Nixon se equivocaba parece obvio a estas alturas de la historia; como se equivocará Rajoy si se erige en portavoz de los silenciosos. A los silenciosos, en Catalunya, lo que nos tienen que dar es una papeleta y una urna. Y, si los números son los que pretenden, que no se preocupen. Y si no lo son, que nos dejen. En sentido absoluto.

Ahora bien, no me extraña que el PP se deje llevar por su inexorable inercia a la hora de apropiarse de las distintas mayorías silenciosas —lo ha hecho ya con la que no se manifiesta contra los recortes, con la que no acampa con los indignados...—. No me extraña que se sientan cómodos con semejante apropiación porque, no en vano, la mayoría silenciosa fue aquello que sostuvo al franquismo tras la cruenta represión de la inmediata posguerra.

lunes, 29 de julio de 2013

Política y diarrea


«Síntoma o fenómeno morboso que consiste en evacuaciones de vientre líquidas y frecuentes». Esta es la definición que, de la voz "diarrea", proporciona el DRAE. Pero, ¿saben qué otra palabra significa exactamente lo mismo? La respuesta correcta es "corrupción". Vale que sea un uso anticuado de la palabra, pero ¡no me digan que no resulta harto elocuente, en estos tiempos políticos que corren!


Siempre había sospechado que la mayor parte de los políticos y altos cargos de este país eran una mierda. Ahora lo sé, aunque sea merced a un poco de tergiversación lingüística.

domingo, 28 de julio de 2013

Estado de indignación

Quizá sí que España sea un Estado de derecho1 pero, ciertamente, andamos muy torcidos. Tanto que el Supremo —que, en política, no es un Ser sino un Tribunal— parece estar tirando de una suerte de estado de necesidaden contra del estado de opinión3. De esta forma llegamos a la exculpación de Blanco, a la excarcelación prematura de Matas y a lo que te andaré morena, de aquí a nada con Urdangarín. Por suerte, el estado de excepción4 no está en manos de los indignados, es decir, del pueblo. Yo ya lo hubiese declarado.


Notas:
  • 1. Estado de derecho es un concepto político que define a aquel Estado democrático en el cual los poderes públicos se someten íntegramente a las leyes y reconocen las garantías constitucionales.
  • 2. Estado de necesidad es un tecnicismo del derecho que da cuenta de aquella situación de grave peligro, por cuyo urgente remedio se exime de responsabilidad penal en ciertas circunstancias.
  • 3. Estado de opinión es el que alude a la opinión general o generalizada.
  • 4. Estado de excepción es el que, según la Constitución, generalmente con autorización del Parlamento, declara el Gobierno en el supuesto de perturbación grave del orden público o del funcionamiento de las instituciones democráticas.

sábado, 27 de julio de 2013

Legisla, ejecuta y juzga

En algunas tertulias parecen estar hilando demasiado delgado, además de equivocadamente. Y entre lo uno y lo otro, el telespectador pierde por entero la perspectiva. La última puntada fina y errónea en la sutileza del discurrir tertuliano es la que, no hace muchas mañanas en Al rojo vivo, trataba de poner los puntos sobres las íes diferenciales entre "filiación" y "afiliación" políticas, porque, pretendidamente, ello ha de tener carácter decisorio a la hora de dilucidar la falta o no de ética con que ha obrado el pepero presidente del Tribunal Constitucional, Francisco Pérez de los Cobos, al no haber declarado su militancia. Pues bien, sépase que, tanto "filiación" como "afiliación" poseen los mismos tres puntos sobre las mismas tres íes, pues ambas pueden significar inscripción de alguien en una organización o en un grupo, como un partido político, por ejemplo.

Más preocupante resulta el hecho de que los tertulianos de esta mañana, así como tantos otros tertulianos, periodistas y políticos, no se pongan de acuerdo a la hora de decidir si la Constitución señala o no la incompatibilidad de la magistratura en el TC con la militancia política en cualquier partido. Y como quiera que todas las informaciones nos llegan más o menos sesgadas, yo prescindiré de cualquier argumento de opinión y me limitaré a transcribir los artículos que pueden ser pertinentes en la opinión que ustedes adopten:
  • Artículo 159.4: «La condición de miembro del Tribunal Constitucional es incompatible: con todo mandato representativo; con los cargos políticos o administrativos; con el desempeño de funciones directivas en un partido político o en un sindicato y con el empleo al servicio de los mismos; con el ejercicio de las carreras judicial y fiscal, y con cualquier actividad profesional o mercantil.
    En lo demás los miembros del Tribunal Constitucional tendrán las incompatibilidades propias de los miembros del poder judicial».
  • Artículo 159.5: «Los miembros del Tribunal Constitucional serán independientes e inamovibles en el ejercicio de su mandato».
  • Artículo 127.1: «Los Jueces y Magistrados así como los Fiscales, mientras se hallen en activo, no podrán desempeñar otros cargos públicos, ni pertenecer a partidos políticos o sindicatos. La ley establecerá el sistema y modalidades de asociación profesional de los Jueces, Magistrados y Fiscales».
El artículo 159 está extraído del Título IX (Del Tribunal Constitucional). En esencia, quienes defienden la compatibilidad de magistratura y militancia, es decir, los peperos —porque, en última instancia, lo que defienden no es otra cosa que la honorabilidad de Pérez de los Cobos— pregonan a los cuatro vientos el primer punto y aparte del apartado 4 de este artículo y se molestan mucho en precisar que «el desempeño de funciones directivas en partidos políticos» o «el empleo al servicio de los mismos» son cosa distinta de la mera militancia. Sin embargo, ponen el mismo empeño en silenciar el segundo punto y aparte de ese mismo artículo, pues inevitablemente nos remite al Título VI (Del Poder Judicial) donde la Constitución prohíbe sin lugar a interpretaciones ulteriores que los magistrados pertenezcan a partidos políticos o sindicatos.

Quisiera finalizar esta entrada con un par de reflexiones simples que infiero de lo hasta aquí referido.

Primera reflexión: a mí me da que, con tanto arrimar cada cual el ascua constitucional a su sardina partidista, la ley de leyes de este país, esa Constitución con la que tanto nos ahostian a los catalanes para dejar en agua de borrajas nuestro Estatut o para impedir que nos autodeterminemos, es, como mínimo, muy pero que muy interpretable, en especial si uno tiene dotes tergiversadoras. Procuraré recordarlo la próxima vez que alguien, obviando que el texto constitucional no solo prevé su reforma en el Título X, sino que ya ha sido reformado dos veces —1992 y 2011—, intente venderme la falacia de que la Constitución no se toca.

Segunda reflexión: a estas alturas del circo democrático en nuestro país, aunque todos creamos en la separación de poderes, nadie se la cree ya. El PP legisla, el PP ejecuta y, por si aún no lo sabíamos —que va a ser que sí—, el PP juzga.

lunes, 22 de julio de 2013

El color de la prensa

Seguramente, para la mayoría de nosotros, William Randolph Hearst tiene el rostro de Orson Wells, quien interpretó, en Ciudadano Kane, un trasunto de la vida de este magnate de la prensa. Casi con toda seguridad también, para la mayoría de nosotros, Joseph Pulitzer es el famoso editor periodístico a quien hoy día debemos los premios que llevan su nombre.

Quizá no tan conocido, sin embargo, sea el hecho de que el enfrentamiento que ambos mantuvieron en las postrimerías del siglo XIX desde sus diarios —el New York Journal y el New York World, respectivamente dio lugar al término prensa amarilla, que hace referencia a aquel periodismo que se caracteriza por el cultivo del sensacionalismo.

Efectivamente, ambas publicaciones recibieron continuas acusaciones 
por estar magnificando las noticias y por pagar a los implicados en ellas para conseguir las exclusivas. Fue un tercer periódico de la ciudad, el New York Press, el que acuñó la expresión prensa amarilla para referirse a la falta de ética en la manera de obrar de Hearst y Pulitzer. Esta expresión encontró inmediata difusión y temprana permanencia, en gran parte —creo yo—, favorecida por la dilogía del adjetivo yellow, que, en inglés, significa tanto 'amarillo' como 'cobarde'. La explicación de por qué se tildaba de cobarde a esa naciente prensa de dudosa calidad ética es manifiesta y puede obviarse. En cuanto al color amarillo, cabe aducir dos posibles razones.

En primer lugar, hay quienes aventuran la hipótesis de que dicho color se debiese a Mickey Dugan, el Chico Amarillo, un personaje de tira cómica que, durante cierto tiempo, protagonizó historias de forma simultánea tanto en el New York Journal como en el New York World. The yellow kid, sin duda, es un referente histórico-cultural ciertamente interesante por varios motivos; uno de ellos, acaso el más destacado, el de ser la primera tira cómica en que aparece un diálogo insertado en lo que llamamos globo o bocadillo —aunque lo característico del personaje era que sus parlamentos se hallaban circunscritos a su hábito amarillo—. Dada la popularidad del Chico Amarillo, es probable que contribuyese a la permanencia de la expresión prensa amarilla en el imaginario de los neoyorquinos; no obstante, no me parece demasiado razonable que actuase de referente en el momento de su acuñación.

La razón que, a mi modo de ver, obró la creación del término —además del ya referido significado de 'cobarde'— fue el hecho de que el color amarillo es sumamente llamativo. Para comprobarlo, basta recordar con qué facilidad es perceptible un taxi de Nueva York entre el tráfico desorbitado de esa ciudad. De hecho, parece ser que la historia del taxi amarillo empieza con un tal Harry N. Allen, quien introduce en la metrópoli 65 taxis importados desde Francia. Otros dicen que el origen se halla en los yellow cabs, de John Hertz —ya saben, el del logo amarillo, que hoy día nos alquila los coches en los aeropuertos. En cualquier caso, en lo que coinciden las fuentes es en asegurar que el motivo fue el de ser fácilmente visible desde la distancia, a lo cual dio la razón enseguida el aumento de ocupación de los taxis de esa compañía. Al cabo de poco, el resto de compañías decidió también pintar de amarillo sus vehículos.

En fin, no cabe duda de que el color que mejor refleja el concepto de estridencia visual es el amarillo. Y si hay un tipo de prensa que se aleja con violencia de la discreción y del rigor informativo, esa es la sensacionalista, la amarilla. La amarilla persigue, como ha quedado ya dicho,  el sensacionalismo, y lo hace o bien encumbrando noticias cuyo interés es secundario o bien destacando el aspecto morboso que pueda aflorar en una noticia de indiscutible interés. En otras palabras, este tipo de periodismo suele preferir los titulares de catástrofes, crímenes, adulterios, enredos políticos..., sean o no el ojo de la noticia. Tradicionalmente, solía considerarse que no existían amarillismos en la prensa española, en gran medida, por la deficitaria tradición de periodismo libre acumulada tras cuarenta años de dictadura, y en parte también porque, durante el franquismo, el espacio de la prensa amarilla fue ocupado por la prensa de sucesos, verbigracia, El caso, publicación que subsistió desde 1952 hasta 1987. En cualquier caso, si hoy día uno se molesta en googlear "noticias de sucesos", los resultados pueden ser como estos: «Una joven noruega es condenada a 16 meses de prisión tras denunciar una violación», «El hombre que disparó a otro en Cuenca se ha suicidado», «Cibercriminales secuestran los ordenadores on line y piden rescates a los propietarios»...

Una vez reconocibles los rasgos definitorios de la prensa amarilla, no tendríamos que confundirla con la llamada prensa rosa; aunque lo cierto es que cada vez cuesta más no hacerlo. La prensa rosa, también llamada prensa del corazón, tiene su origen en los antiguos ecos de sociedad con los que la prensa generalista daba cuenta de bodas, separaciones, embarazos, natalicios, necrológicas y demás acontecimientos protagonizados por famosos de todo orden. Su color apunta abiertamente a despertar el interés femenino —recordemos, en ese sentido, la denominada novela rosa—; pero también es una declaración de intenciones, pues el rosa se asocia al optimismo con que uno afronta la experiencia vital o a la felicidad con que la vive:
«Je vois la vie en rose[...] Il est entré dans mon coeur une part de bonheur».
Lecturas, ¡Hola!, Pronto, Semana..., son ejemplos conocidísimos del corazón rosa arraigado en los quioscos. Estas publicaciones, como sucede con el programa de TVE, Corazón, saben mantener todavía el grado de amenidad y ligereza que ha caracterizado siempre a este tipo de periodismo (sic) que busca más el chisme que el morbo. No obstante, la blancura de la prensa rosa empezó a amarillear de manera alarmante hace ya más de una década. Antes, a las gentes de a pie como nosotros, este tipo de prensa nos ponía delante a famosos en quienes poder fijarnos. Sus miserias nos equiparaban, nos hacían ilusamente iguales. Ahora, en cambio, sucede como con el  dilema del huevo y la gallina: uno no sabe qué fue primero, si el famoso o la miseria; fijémonos en Belén Esteban, Antonio David Flores, Olvido Hormigos... 

En uno de los Estudios sobre el Mensaje Periodístico publicados por la Universidad Complutense de Madrid, Laura Soto Vidal escribía: 
«El giro espectacular de la crónica rosa actual hacia el puro amarillismo y la tan denostada telebasura empieza incluso a preocupar a los propios profesionales del género. El intrusismo periodístico y la nueva ola de personajes reinantes, así como la falta de ética personal o la omisión de las normas deontológicas, propician sin lugar a dudas ese periodismo soez y sensacionalista que lidera los índices de audiencia con total impunidad».
De manera mucho más socarrona, pero igualmente acertada, Drywater aborda este mismo tema en una divertida y descreída entrada de su blog Connotación. En ella, compone una sucinta taxonomía de lo que denomina «chupabotes» de la tele, a saber: famosos por sí mismos, familiares directos de los famosos, conocidos circunstanciales de los famosos, frikis y periodistas carroñeros. Y adopta una decisión:
«Modificar el cromatismo lingüístico de la expresión “prensa rosa” hasta un mucho más apropiado “prensa marrón”, sin perjuicio de las acciones legales que ello pudiera acarrear. Los criterios de cambio de tan ilustre término obedecen a parámetros descriptivos: es una auténtica mierda».
Bien me parece. Además, ya hay sentada base, pues, en portugués, la expresión usada es precisamente imprensa marrom, y una de las varias explicaciones que se barajan para dar cuenta del cambio de coloración en la prensa amarilla es precisamente de sentido escatológico. 

Plasma plasta

Viendo la tele y pensando en Rajoy, resulta increíble lo mucho que aparece, con lo poco que comparece.